sábado, 16 de octubre de 2010

Una lección de confianza

Una lección de confianza



Cuando menos te lo esperas recibes una lección de confianza en el ser humano.
Era domingo y había salido a comprar algo de fruta, ya se sabe que en los pueblos siempre hay una tienda que abre siempre, a diario y festivos, donde puedes encontrar de todo, desde productos de limpieza, hasta tortillas precocinadas.
Subía por la calle Real, cuando reparé en él, era un perro mestizo, todavía joven, con el pelo corto y áspero de color negro y canela, no era un perro bonito, de esos que llaman la atención, parecía perdido o abandonado.
Alegre, movía la cola a cada persona que pasaba por su lado, buscaba con ansia pertenecer a alguien, tener su manada. Es tremendo sentirse abandonado y excluido. Unos lo espantaban, otros le chillaban para asustarlo, pero él seguía buscando, meneando su cola.
Hice mi compra y al salir me abordó, meneaba su cola con ansia, me lamia la mano cuando la baje para acariciarle, no podía quedarme con él, a pesar de que me enamoraron sus ojos, unos ojos oscuros que me miraban con un agradecimiento infinito, unos ojos que me suplicaban, “quédate conmigo”, unos ojos amorosos dispuestos a darlo todo, unos ojos confiados, sí, confiaba en el ser humano incondicionalmente.

Tengo dos perros y no puedo hacerme cargo de más animales, tuve la esperanza de que al ser tan cariñoso lo recogiese alguien del pueblo, así que después de acariciarlo me dirigí a mi casa.
Al día siguiente, Confiado (pues así lo bautice) seguía corriendo detrás de la gente moviendo su cola y mendigando cariño, lo vi tan desvalido que me despertó la compasión y le compre una lata de comida de perros, no os podéis imaginar los saltos que daba cuando la vacié en la calle, engulléndola rápidamente, seguro que llevaba varios días sin comer, haciendo acopio de mi razón, lo deje y me fui a casa.
La verdad que me venía a la mente continuamente, esperaba que alguien se compadeciese de un animal tan noble.
Unos días después lo vi, tenía una herida en el morro, como si le hubiesen dado con un palo, pero él seguía meneando la cola a todo el que pasaba cerca.
Me reconoció y salió corriendo a saludarme, no tuve más remedio que ceder y acariciarlo, le volví a comprar una lata que devoró en un instante.
Pensé en llevarlo a la protectora de animales, pero después de acordarme de las caras de los perros que vi allí, lo deseche, especulé en tenerlo en acogida y buscarle un dueño pero me dio miedo a no encontrar a alguien, yo no confío tanto en el ser humano. Una vez metido en mi casa no tendría corazón para abandonarlo.
Se me ha grabado en el alma la mirada de Confiado y espero que el universo le conceda lo que más desea, encontrar a alguien que lo quiera, pertenecer a alguien a quien amar, con quien compartir, a quien cuidar y sentirse cuidado.
Espero que no haya desaprensivos que lo maltraten y hagan que desaparezca esa maravillosa confianza en el ser humano que destilaban sus ojos.

           Amanda.