Cabaret Tanguero o entrando en los arrabales del ser.
Después de la experiencia del año pasado he intentado ir al taller de este año sin crearme ninguna expectativa, algo que es casi imposible para una mente tan fantasiosa como la mía, pues era impensable que el factor sorpresa se volviese a repetir y señores, ha sucedido se ha repetido, no sé si es que yo soy fácil de sorprender o es que realmente se produce la magia en esos encuentros.
La ilusión de pasar de aprendiza de cabaretera a un grado más me hacia estar con una actitud de juego infantil donde el caramelo te espera al final del trabajo.
No sé cómo se denominaran los grados en estas disciplinas y espero que no sean grados militares, pues la milicia y yo no tenemos la misma filosofía, así que después de designarme como cabaretera de clausura casi pega más tomar apelativos religiosos y no es que sea yo muy dada a estos, quizás haya pasado de seglar a novicia, aunque el nombre de no-viciado tenga ciertas connotaciones que puedan llevar a equívocos pero he de reconocer que estos talleres crean cierta adicción.
Así que como la primera vez pensé en ir a los chinos para con un escaso presupuesto llevar mi vestuario y pensé – Marisa, atrévete y compra sin prejuicios-
Pero mi gozo en un pozo, cuando recibí el tríptico, el vestuario constaba solo de falda negra con raja al lado (menos mal que había un poco de provocación), mallot y el único tono de color lo daba un pañuelito para el cuello, “por Dios” donde estaba el plumífero, las lentejuelas, los vestidos horteras de plichiglas, este año que había perdido la vergüenza, este año que estaba lanzada y “ala” el vestuario era de lo más sobrio, ¿Qué tipo de Cabaret están montando?, sentí que era la antítesis del anterior.
Pero era tan bueno el recuerdo del Cabaret Jazz que me lance a ese mundo de fantasía, abierta a vivir la experiencia a pesar de tan escueto y poco brillante vestuario.
Maleta en ristre y después de mi jornada laboral me dirigí a la estación de tren para llegar al lugar del encuentro y no sé bien porque razón pero una sensación de alegría me inundaba, quizás el recuerdo, quizás el salir de la rutina diaria o quizás el saber que en estos lares me puedo mostrar sin miedo a no ser políticamente correcta.
Fueron repartidas las habitaciones ya conocidas donde esta vez me alojaba con caras también conocidas, algo inesperado y con lo que no contaba, abrazos y besos extra, aumentaban así la alegría del reencuentro, me di cuenta que no sólo en mi han creado adicción estos talleres.
Me gustaría aclarar que digo adicción por denominar una actitud, una forma de búsqueda personal, en una construcción que pretende ser literaria y sin ánimo de ofender a nadie.
Este año se añadió la complicidad que da el trabajar con compañeros con los cuales ya has creado ciertos vínculos, donde con la mirada eres capaz de comunicar infinitas cosas, sensaciones y emociones.
El taller se fue desarrollando con la ya consabida vorágine de subida y bajada de los tacones, con horarios apretados y cansancio físico, con lavabo compartido y bien rentabilizado, con vida de cabaretera de clausura diurna, con préstamos de ropa y risas por los pasillos, con las caras sorprendidas de los demás habitantes del albergue y el añadido de hacerme consciente de lo “viva” que me sentía.
Sentía mi cuerpo y no solo por las consabidas agujetas, sentía mi piel, sentía mis entrañas, sentía, sentía.
Si he de establecer una diferencia entre lo que fue para mí la edición pasada y esta, lo tengo claro en mi mente, pero como compartir sensaciones y emociones.
En Cabaret Jazz descubrir una parte instintiva casi animal, donde de forma espontanea se unían las emociones con mis vísceras. Donde me permití en ese espacio, en ese pequeño laboratorio donde está permitido experimentar, fluir con mi cuerpo sin pasar nada por mi razón, sin establecer la dualidad moralista del bien y el mal, de lo correcto y de lo incorrecto, sintiendo mis emociones a través de mi cuerpo y sin consultar siquiera a mi mente, donde desde un espacio de alegría sentía ese canto a la vida, sí, a la vida desnuda.
Porque si hay alguna forma de aprender a ser autentica es desaprender todo lo que has establecido y has dado como real y valido.
Este año Cabaret Tanguero, ¿Qué mezcla podía ser esa?, el tango expresión de la pasión, del amor y el desamor, de la entrega y la ofrenda, corazones rotos, vidas de desesperanza, huracanes de emociones.
Y así ha sido, un viaje por los arrabales del alma, un descubrimiento de heridas ocultas por el autoengaño, un trabajo de toma de conciencia y de limpieza, un vaciado para dejar sitio a nuevas experiencias.
Y con la carga menos pesada y la sensación de ligereza, llegó el final del taller, el momento de la despedida, la dificultad de superar la adicción, menos mal que mi cuerpo sabe más que yo y me ayuda a volver a la realidad.
Este año no he disfrutado del “Pimpollo” (himno de la edición anterior), pero si he visto la transformación de esa austeridad que yo premonizaba en una riqueza de comunicación, de complicidad y por supuesto de creatividad, que han cubierto con creces todas mis expectativas.
Un beso a todos mis compañeros de fatigas tangueras y a mis queridos gurús, y espero el reencuentro para el año que viene porque como ya he dicho ha creado en mi una adicción que por supuesto y aunque sea contradictorio siento como sanadora.
Amanda “Antonella Peperoni” arrabalera de por vida.
P.D. No sé al año que viene como pondré otro “titulin” en mi Curriculum de cabaretera que no sea disonante.
miércoles, 25 de julio de 2012
jueves, 28 de abril de 2011
Cabaret, la magia para el alma
CABARET, MAGIA PARA EL ALMA.
Por una amiga llegó a mis manos el tríptico de un taller, se llamaba “Cabaret-jazz”, no sé por qué motivo quizás cosas del alma pero mi imaginación empezó a dispararse, a mi mente llegaban las obras de Toulouse Lautrec, esa magia de un mundo desconocido donde solo la visión de esas mujeres me hacía conectar con algo poderoso e instintivo, con la sensación de libertad, así que no sin algunos miedos y resistencias me embarque en la búsqueda de tan ansiado don.
Mi primera acción fue llamar por teléfono para verificar si se necesitaba algún nivel, pues no he tenido contacto con el mundo de las artes, el teatro o el baile y claro está no tenía ninguna intención de hacer el ridículo en un circulo de profesionales.
Puse manos a la obra y una voz dulce y seductora de mujer entraba en mi pecho como mantequilla, estaba claro que estaba dispuesta a dejarme convencer así que hice la inscripción sin darle muchas vueltas y dispuesta a convertirme en una aprendiza de cabaretera.
Aunque pensaba ir sola, cosa que no me importaba, al final se apunto conmigo una compañera de trabajo.
Ahora empezaban los preparativos, teníamos que comprar las vestimentas y adornos que se indicaban en el tríptico, así que pusimos manos a la obra.
¿Pero donde encontraríamos complementos plateados y atuendo de cabareteras?; nos decidimos por las tiendas de los chinos por los precios, y sin mucha idea de lo que buscábamos nos pusimos en marcha quedando una tarde para hacer la compra del vestuario.
Así empecé mi historia de aprendiza, tenía que tomar decisiones y la palabra que se repetía en mi mente era hortera, sombrero de copa de color morado, boas de plumas del mismo color, debería decir de pluma porque estas eran realmente escasas, guantes negros de pichi glas capaces de provocar una urticaria al más pintado, bastón de plástico con pito incluido cuando lo golpeabas en el suelo, collares de perlas que por el peso podían provocar algún problema con las cervicales, pluma con diadema tipo charlestón de color azul pavo con un gran pedrusco en el centro imitación de un zafiro, digo imitación por decir algo, medias de red de color negro, dos pares por si se me rompían con el uso y con estos tesoros que conseguí por el módico precio de 17 euros y una tarde esplendida llena de risas y alegría volví a mi casa, no sin antes hacer una demostración callejera con el bastón, método maravilloso para perder peso pues estaba más en el suelo que en mis manos. Era innegable que esto del cabaret me estaba encantando.
Ya solo me quedaba solucionar que ponerme en el cuerpo, pues la ropa que encontraba en esas tiendas no me atreví a comprarlas por el miedo a dar la nota y por lo de las urticarias; así que con algo de ropa interior sexi que tenia y un mallot de mi hija, quedo concluido mi atuendo.
Ahora tenía que solucionar lo más difícil y lo que más me preocupaba, los tacones, ¿Cómo voy a conseguir bailar con tacones, si no sé ni siquiera andar?
Tenía unos tipo rascacielos de esos que te pones en las bodas y que te los quitas en cuanto llegas al coche, pero no, esos no podía llevarlos pues peligraría mi integridad física y tampoco era plan de acabar escayolada, busque y busque dando con unos de color verde botella que no pegaban mucho con los colores que había escogido para mi atuendo pero la medida del tacón los hacía ser los finalistas en la elección.
Ya estaba todo preparado y como una niña mi energía se centraba en la ilusión de que el día de mi partida llegase pronto.
Después de haberme levantado a las 6,30, de haber cargado con un maletón con mis tesoros, de una jornada laboral intensa, mi compañera y yo tomamos el tren con destino a nuestra iniciación; abiertas, alegres y cansadas.
Encontrado el lugar del evento, conocí a la mujer de la voz dulce y me reafirme en mi percepción, también conocí al profe, maestro o gurú del taller, el que había contestado con premura a todos mis mails, el que había resuelto todas mis dudas hasta las más pueriles y sobre la marcha nos asignaron la habitación que nos cobijaría todos los días que duraba el taller.
Nada más entrar en ella, me di cuenta que mi tesoro no tenía nada que ver con el que una de mis compañeras de cuarto tenía, ella si había osado a comprar todos esos vestidos que mi mente racional había rechazado, y gracias a Dios que hay personas atrevidas pues si no existiese gente como ella no habría podido sobrevivir en mi puesta en escena, su generosidad así como la de otras compañeras hizo que se solucionase mi deficiente vestuario, un sombrero de una, una falda de otra y muchas cosas más, creo que excepto las bragas lo compartí todo, me pintaron, pinte, me aconsejaron, aconseje, me cuidaron, cuide.
Nos dieron la bienvenida facilitándonos las instrucciones para el día siguiente; vaya sorpresa, había que aparecer a las 9 de la mañana con todo el vestuario de cabaret incluyendo tacones, yo que creía que iríamos en chándal, pues no, artistas desde el principio.
Eso se repitió todos los días como una letanía, convirtiendo los aburridos pasillos del albergue donde nos hospedábamos, en un variopinto desfile multicolor de plumas y purpurina, de alegría y fantasía, de ires y venires a la búsqueda del intercambio de vestuario y de los consejos de los compañeros.
He de decir que estas jornadas intensivas, yo que no soy nada deportista han hecho que vuelva con agujetas en todas las partes de mi cuerpo, creo que solo se han librado de tan molestos dolores las pestañas, he movido músculos que ni siquiera conocía de su existencia, he sufrido del cansancio que da el no querer perderte nada, pues estaba en contradicción la idea del cabaret amigo de la noche, con los horarios de madrugar, de adaptarte a una disciplina, de ejercicios maravillosos y de estar subida a los martirizadores tacones desde nacida la mañana.
También he tenido que adaptarme a los cambios continuos de ropa, me levantaba y para desayunar me vestía con mi mascara cotidiana, acabado esto volvía a la habitación donde reinaba el caos, pues las plumas, los sombreros y los vestidos aparecían en el más absoluto desorden al que yo contribuía.
Buscaba en un lavabo de 2m el espacio inexistente compartido con mis tres compañeras para volver a desnudarme y enfundarme en mi nuevo vestuario, subiéndome a los tacones y adornando mi cara con todos los colores que permitía mi inexperta mano, cubriéndome con cualquier prenda que tapase este atuendo para desfilar por el pasillo del albergue, más que nada para no incomodar a los demás habitantes.
Me dirigía a la sala donde aparecía la magia, donde sentí esa conexión con la parte instintiva que nunca muestro, donde los movimientos parece que surgen de la forma más natural de mis tripas, donde a pesar del disfraz he sentido que salía mi parte más autentica, sin miedo a ser juzgada, sin inhibiciones sociales, donde me he sentido cuidada, donde se producía el encantamiento del encuentro con otro ser desde su sexualidad, desde su sensualidad, desde el sentir y compartir las emociones.
Donde he sentido que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu eran uno, donde se producía esa comunión maravillosa y difícil de experimentar en mi vida diaria.
Y vuelta a cambiar de ropa, había que comer, placer que se sumaba a bajarme de los tacones, después pequeña siesta para reponerme si era capaz de conciliar el sueño, pues las visitas, las charlas, las risas y el canto de opera debajo de la ventana de mi habitación me lo impedían, y no es una queja pues me encantaba, nunca me habían cantado opera a la hora de la siesta y eso es un lujo.
Acabado el pequeño descanso vuelta al martirio aceptado de los tacones, a compartir el mini lavabo, que la verdad estaba bien rentabilizado, pues mientras una se duchaba, otra vaciaba su vejiga y las otras dos buscábamos un sitio en el espejo para pintarnos, eso es aprovechar un espacio y lo demás son tonterías, ¡ah! Y con bromas y buen humor, bendita creatividad la que se forjaba en esa mínima estancia.
Acicalada de nuevo me volvía a introducir en ese mundo de fantasía, seguía experimentando y dejando salir a veces con dificultad mi parte más creativa.
Acabado el trabajo, volvía a la habitación a compartir el mini lavabo y cambiarme de nuevo la ropa, no es extrañar con tanto vestirse y desvestirse que mi compañera de forma casi compulsiva e inconsciente siempre se ponía las bragas al revés, para regocijo de todas las demás.
Y así me convertí en aprendiz de cabaretera de clausura pues mis únicas salidas del recinto eran para cenar, momento en el que descubrí que se puede cantar una saeta en ingles en medio de un chiringuito de playa, escenificando un paso de Semana Santa, con Cristo y Dolorosa incluidos, además de la “levantá”.
También aprendí que se puede hacer un reto de jotas, para lo cual es imprescindible subirse los pantalones lo más arriba posible y poner los brazos en jarra a la vez que se mece el cuerpo con movimientos laterales, y que de quien menos te lo esperas canta con voz de ángeles canciones de la copla, esos momentos tan especiales que compartí con mis compañeros me hacían viajar a un mundo de fantasía sin tener que soñarlo.
La jornada se clausuraba en un karaoke inglés, donde todas las canciones eran en el susodicho idioma, he de decir que la única canción en español se llamaba “el pimpollo”, desconocida para todos pero que se convirtió en el himno del taller, pues todas las noches era cantada con toda la pasión que podíamos, fue fácil pues la letra se limitaba a decir repetidamente “el pimpollo, el pimpollo, el pimpollo”, cosa que agradecimos pues el cansancio generalizado habría impedido el aprendizaje de una letra más complicada.
Y así a este ritmo frenético se desarrollaron todos los días del taller, trasnochar, madrugar, tacones y plumas, camiseta y vaqueros.
Tuvimos hasta una puesta en escena con público y todo y durante estos días me convertí en la matriarca de una familia de la mafia italiana, hablé un italiano churrigueresco y abrí negocios de drogas, prostitución y sicarios. Jamás en la vida me habría imaginado en estos avatares, pero la creatividad que allí se despierta no parece tener límites.
Disfruté con las actuaciones de mis compañeros, agradecida de que compartiesen todo lo que llevaban dentro, esa pulsión que solo sale cuando le das permiso y yo una humilde aprendiz de cabaretera era espectadora del milagro que allí sucedía.
Acabó el taller y las lianas del presente me envolvieron, había que retornar a mi quehacer diario, pero la contradicción que se producía entre mi mente que me decía que había que volver y mi alma que quería seguir presente en la magia cabaretera, no me resultaban cómodas. De todas formas mi cuerpo se quejaba con todas sus fuerzas y clamaba para que le prestase atención y así lo hice.
¿Cómo podía explicar a mi madre lo que allí había pasado?
Obvie todo eso y solo le he dicho “mama el cabaret es magia para el alma” y que “viva el pimpollo”.
Agradecimientos:
Siempre que se escribe un libro se hace una mención de agradecimientos, esto no pretende ser nada más que el relato de una experiencia pero si me gustaría agradecer a Peny su cuidado, a Hilde el haberse acordado de mí y mandarme el tríptico, a Amanda su relación alocada con las bragas que tanto me ha hecho reír, a Manuel el dejarme ser testigo de su creatividad, a Carmen su candor y su dulzura, a Teresa el compartir su ironía conmigo, a Nadia y a Pilar sus préstamos desinteresados de vestuarios, a Javier su sensualidad respetuosa, a los gurús por darnos las herramientas para conectar con la magia y a todos los compañeros de fatigas y tacones que tan estoicamente llevaban a cabo su transformación.
Gracias a todos por compartir esa alegría de vivir.
Amanda
Antonella Peperoni “La madrazza”
27 de Abril de 2011
Por una amiga llegó a mis manos el tríptico de un taller, se llamaba “Cabaret-jazz”, no sé por qué motivo quizás cosas del alma pero mi imaginación empezó a dispararse, a mi mente llegaban las obras de Toulouse Lautrec, esa magia de un mundo desconocido donde solo la visión de esas mujeres me hacía conectar con algo poderoso e instintivo, con la sensación de libertad, así que no sin algunos miedos y resistencias me embarque en la búsqueda de tan ansiado don.
Mi primera acción fue llamar por teléfono para verificar si se necesitaba algún nivel, pues no he tenido contacto con el mundo de las artes, el teatro o el baile y claro está no tenía ninguna intención de hacer el ridículo en un circulo de profesionales.
Puse manos a la obra y una voz dulce y seductora de mujer entraba en mi pecho como mantequilla, estaba claro que estaba dispuesta a dejarme convencer así que hice la inscripción sin darle muchas vueltas y dispuesta a convertirme en una aprendiza de cabaretera.
Aunque pensaba ir sola, cosa que no me importaba, al final se apunto conmigo una compañera de trabajo.
Ahora empezaban los preparativos, teníamos que comprar las vestimentas y adornos que se indicaban en el tríptico, así que pusimos manos a la obra.
¿Pero donde encontraríamos complementos plateados y atuendo de cabareteras?; nos decidimos por las tiendas de los chinos por los precios, y sin mucha idea de lo que buscábamos nos pusimos en marcha quedando una tarde para hacer la compra del vestuario.
Así empecé mi historia de aprendiza, tenía que tomar decisiones y la palabra que se repetía en mi mente era hortera, sombrero de copa de color morado, boas de plumas del mismo color, debería decir de pluma porque estas eran realmente escasas, guantes negros de pichi glas capaces de provocar una urticaria al más pintado, bastón de plástico con pito incluido cuando lo golpeabas en el suelo, collares de perlas que por el peso podían provocar algún problema con las cervicales, pluma con diadema tipo charlestón de color azul pavo con un gran pedrusco en el centro imitación de un zafiro, digo imitación por decir algo, medias de red de color negro, dos pares por si se me rompían con el uso y con estos tesoros que conseguí por el módico precio de 17 euros y una tarde esplendida llena de risas y alegría volví a mi casa, no sin antes hacer una demostración callejera con el bastón, método maravilloso para perder peso pues estaba más en el suelo que en mis manos. Era innegable que esto del cabaret me estaba encantando.
Ya solo me quedaba solucionar que ponerme en el cuerpo, pues la ropa que encontraba en esas tiendas no me atreví a comprarlas por el miedo a dar la nota y por lo de las urticarias; así que con algo de ropa interior sexi que tenia y un mallot de mi hija, quedo concluido mi atuendo.
Ahora tenía que solucionar lo más difícil y lo que más me preocupaba, los tacones, ¿Cómo voy a conseguir bailar con tacones, si no sé ni siquiera andar?
Tenía unos tipo rascacielos de esos que te pones en las bodas y que te los quitas en cuanto llegas al coche, pero no, esos no podía llevarlos pues peligraría mi integridad física y tampoco era plan de acabar escayolada, busque y busque dando con unos de color verde botella que no pegaban mucho con los colores que había escogido para mi atuendo pero la medida del tacón los hacía ser los finalistas en la elección.
Ya estaba todo preparado y como una niña mi energía se centraba en la ilusión de que el día de mi partida llegase pronto.
Después de haberme levantado a las 6,30, de haber cargado con un maletón con mis tesoros, de una jornada laboral intensa, mi compañera y yo tomamos el tren con destino a nuestra iniciación; abiertas, alegres y cansadas.
Encontrado el lugar del evento, conocí a la mujer de la voz dulce y me reafirme en mi percepción, también conocí al profe, maestro o gurú del taller, el que había contestado con premura a todos mis mails, el que había resuelto todas mis dudas hasta las más pueriles y sobre la marcha nos asignaron la habitación que nos cobijaría todos los días que duraba el taller.
Nada más entrar en ella, me di cuenta que mi tesoro no tenía nada que ver con el que una de mis compañeras de cuarto tenía, ella si había osado a comprar todos esos vestidos que mi mente racional había rechazado, y gracias a Dios que hay personas atrevidas pues si no existiese gente como ella no habría podido sobrevivir en mi puesta en escena, su generosidad así como la de otras compañeras hizo que se solucionase mi deficiente vestuario, un sombrero de una, una falda de otra y muchas cosas más, creo que excepto las bragas lo compartí todo, me pintaron, pinte, me aconsejaron, aconseje, me cuidaron, cuide.
Nos dieron la bienvenida facilitándonos las instrucciones para el día siguiente; vaya sorpresa, había que aparecer a las 9 de la mañana con todo el vestuario de cabaret incluyendo tacones, yo que creía que iríamos en chándal, pues no, artistas desde el principio.
Eso se repitió todos los días como una letanía, convirtiendo los aburridos pasillos del albergue donde nos hospedábamos, en un variopinto desfile multicolor de plumas y purpurina, de alegría y fantasía, de ires y venires a la búsqueda del intercambio de vestuario y de los consejos de los compañeros.
He de decir que estas jornadas intensivas, yo que no soy nada deportista han hecho que vuelva con agujetas en todas las partes de mi cuerpo, creo que solo se han librado de tan molestos dolores las pestañas, he movido músculos que ni siquiera conocía de su existencia, he sufrido del cansancio que da el no querer perderte nada, pues estaba en contradicción la idea del cabaret amigo de la noche, con los horarios de madrugar, de adaptarte a una disciplina, de ejercicios maravillosos y de estar subida a los martirizadores tacones desde nacida la mañana.
También he tenido que adaptarme a los cambios continuos de ropa, me levantaba y para desayunar me vestía con mi mascara cotidiana, acabado esto volvía a la habitación donde reinaba el caos, pues las plumas, los sombreros y los vestidos aparecían en el más absoluto desorden al que yo contribuía.
Buscaba en un lavabo de 2m el espacio inexistente compartido con mis tres compañeras para volver a desnudarme y enfundarme en mi nuevo vestuario, subiéndome a los tacones y adornando mi cara con todos los colores que permitía mi inexperta mano, cubriéndome con cualquier prenda que tapase este atuendo para desfilar por el pasillo del albergue, más que nada para no incomodar a los demás habitantes.
Me dirigía a la sala donde aparecía la magia, donde sentí esa conexión con la parte instintiva que nunca muestro, donde los movimientos parece que surgen de la forma más natural de mis tripas, donde a pesar del disfraz he sentido que salía mi parte más autentica, sin miedo a ser juzgada, sin inhibiciones sociales, donde me he sentido cuidada, donde se producía el encantamiento del encuentro con otro ser desde su sexualidad, desde su sensualidad, desde el sentir y compartir las emociones.
Donde he sentido que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu eran uno, donde se producía esa comunión maravillosa y difícil de experimentar en mi vida diaria.
Y vuelta a cambiar de ropa, había que comer, placer que se sumaba a bajarme de los tacones, después pequeña siesta para reponerme si era capaz de conciliar el sueño, pues las visitas, las charlas, las risas y el canto de opera debajo de la ventana de mi habitación me lo impedían, y no es una queja pues me encantaba, nunca me habían cantado opera a la hora de la siesta y eso es un lujo.
Acabado el pequeño descanso vuelta al martirio aceptado de los tacones, a compartir el mini lavabo, que la verdad estaba bien rentabilizado, pues mientras una se duchaba, otra vaciaba su vejiga y las otras dos buscábamos un sitio en el espejo para pintarnos, eso es aprovechar un espacio y lo demás son tonterías, ¡ah! Y con bromas y buen humor, bendita creatividad la que se forjaba en esa mínima estancia.
Acicalada de nuevo me volvía a introducir en ese mundo de fantasía, seguía experimentando y dejando salir a veces con dificultad mi parte más creativa.
Acabado el trabajo, volvía a la habitación a compartir el mini lavabo y cambiarme de nuevo la ropa, no es extrañar con tanto vestirse y desvestirse que mi compañera de forma casi compulsiva e inconsciente siempre se ponía las bragas al revés, para regocijo de todas las demás.
Y así me convertí en aprendiz de cabaretera de clausura pues mis únicas salidas del recinto eran para cenar, momento en el que descubrí que se puede cantar una saeta en ingles en medio de un chiringuito de playa, escenificando un paso de Semana Santa, con Cristo y Dolorosa incluidos, además de la “levantá”.
También aprendí que se puede hacer un reto de jotas, para lo cual es imprescindible subirse los pantalones lo más arriba posible y poner los brazos en jarra a la vez que se mece el cuerpo con movimientos laterales, y que de quien menos te lo esperas canta con voz de ángeles canciones de la copla, esos momentos tan especiales que compartí con mis compañeros me hacían viajar a un mundo de fantasía sin tener que soñarlo.
La jornada se clausuraba en un karaoke inglés, donde todas las canciones eran en el susodicho idioma, he de decir que la única canción en español se llamaba “el pimpollo”, desconocida para todos pero que se convirtió en el himno del taller, pues todas las noches era cantada con toda la pasión que podíamos, fue fácil pues la letra se limitaba a decir repetidamente “el pimpollo, el pimpollo, el pimpollo”, cosa que agradecimos pues el cansancio generalizado habría impedido el aprendizaje de una letra más complicada.
Y así a este ritmo frenético se desarrollaron todos los días del taller, trasnochar, madrugar, tacones y plumas, camiseta y vaqueros.
Tuvimos hasta una puesta en escena con público y todo y durante estos días me convertí en la matriarca de una familia de la mafia italiana, hablé un italiano churrigueresco y abrí negocios de drogas, prostitución y sicarios. Jamás en la vida me habría imaginado en estos avatares, pero la creatividad que allí se despierta no parece tener límites.
Disfruté con las actuaciones de mis compañeros, agradecida de que compartiesen todo lo que llevaban dentro, esa pulsión que solo sale cuando le das permiso y yo una humilde aprendiz de cabaretera era espectadora del milagro que allí sucedía.
Acabó el taller y las lianas del presente me envolvieron, había que retornar a mi quehacer diario, pero la contradicción que se producía entre mi mente que me decía que había que volver y mi alma que quería seguir presente en la magia cabaretera, no me resultaban cómodas. De todas formas mi cuerpo se quejaba con todas sus fuerzas y clamaba para que le prestase atención y así lo hice.
¿Cómo podía explicar a mi madre lo que allí había pasado?
Obvie todo eso y solo le he dicho “mama el cabaret es magia para el alma” y que “viva el pimpollo”.
Agradecimientos:
Siempre que se escribe un libro se hace una mención de agradecimientos, esto no pretende ser nada más que el relato de una experiencia pero si me gustaría agradecer a Peny su cuidado, a Hilde el haberse acordado de mí y mandarme el tríptico, a Amanda su relación alocada con las bragas que tanto me ha hecho reír, a Manuel el dejarme ser testigo de su creatividad, a Carmen su candor y su dulzura, a Teresa el compartir su ironía conmigo, a Nadia y a Pilar sus préstamos desinteresados de vestuarios, a Javier su sensualidad respetuosa, a los gurús por darnos las herramientas para conectar con la magia y a todos los compañeros de fatigas y tacones que tan estoicamente llevaban a cabo su transformación.
Gracias a todos por compartir esa alegría de vivir.
Amanda
Antonella Peperoni “La madrazza”
27 de Abril de 2011
martes, 25 de enero de 2011
Conversaciones
Era una estancia pequeña, oscura, inundada de un líquido nutricio, una luz tenue, muy tenue casi imperceptible penetraba suavemente dejando en penumbra el interior y allí estaba yo, la vida entraba a raudales en mí, me siento acogido, protegido, escucho el corazón de mamá latir rítmicamente.
-Mamá te escucho, siento que me quieres, siento como tus manos acarician suavemente tu barriga diciéndomelo, que ganas tengo de que esas manos acaricien mi cuerpo.
-Que ganas tengo de verte, de saber cómo es tu carita, estoy algo preocupada pues el parto ya se acerca, quiero que todo salga bien, quiero ser una buena madre para ti, quiero tenerte ya en mis brazos.
El día del parto estaba cercano, su abultada barriga así lo indicaba y un montón de emociones contradictorias se agolpaban en su mente. Alegría pues estaba cercano el día que iba a ver a su pequeño, miedo de tener alguna complicación en el parto que hiciese peligrar su vida o la del bebe, inquietud de no saber cómo abordar esa nueva situación, esa responsabilidad de criar a un hijo, de que un ser dependa de ti, ella era consciente de la trascendencia de este hecho.
Y una noche cualquiera después de la larga espera, comenzaron las contracciones, el día había llegado.
-Mama que pasa, estoy asustado, esto es cada vez más pequeño.
-Hola chiquitín, dentro de poco te tendré en mis brazos, no te asustes es la forma en la que vendrás al mundo, por fin nos vamos a ver, todos estamos esperándote con ilusión, papá está más asustado que yo, se preocupa por nosotros.
Llegaron al hospital y después de hacer el ingreso les acompañaron a la habitación donde se alojarían durante la espera. Una matrona era la encargada de acompañarlos en este proceso, entró en la habitación a darles la bienvenida, a presentarse, a aclarar sus dudas y sobre todo a tranquilizarlos haciéndoles sentir que se haría todo lo posible para que el parto llegase a buen fin.
-Mamá, que pasa no estoy cómodo, te siento asustada, necesito que acaricies tu barriga para tranquilizarme
-Es cierto, estoy asustada, el dolor me hace perder el control, es insoportable, siento como una energía enorme se mueve en mi vientre, intento tranquilizarme con movimientos rítmicos, pero aquí está la persona que me acompaña, se ve tranquila y segura, me habla con voz pausada y cariñosa, me va explicando cómo se está desarrollando el parto. Tranquilo mi amor todo va bien.
El tiempo va ayudando en el trabajo del nacimiento, ese tiempo que nos cuesta aceptar pues queremos que todo se dé con la máxima rapidez, siento como mamá quiere que todo acabe ya, pero no es así, ese tiempo es necesario, esa espera no es estéril, todo tiene su sentido y su razón, que difícil resulta aceptar sobretodo el dolor.
-Te entiendo mamá, entiendo que quieras que esto vaya más rápido, para mí tampoco es fácil, no sé lo que me voy a encontrar ahí fuera, aquí estoy muy feliz, todo es conocido, no sé lo que me depara el cambio y eso siempre asusta.
Por fin llega el momento de pasar a paritorio, una vida nueva se abre paso inexorablemente, quizás no sea el sitio más bello para recibir a un ser, pero es lo que hay, los profesionales lo sabemos e intentamos minimizar este ambiente y la única forma de hacerlo es abriendo el corazón dejando que nuestra energía amorosa fluya y envuelva todo lo que nos rodea.
Comprensión, respeto y todos los conocimientos técnicos que están en nuestras manos, esas son nuestras herramientas.
-Mamá, ¿qué pasa? todo se ha vuelto oscuro, me falta el aire, tengo miedo. Una fuerza me impulsa al exterior.
-Tengo que ayudarte a salir, todo está acabando.
Y por fin en un ambiente de penumbra llega un ser a la vida, es un momento de celebración, de alegría. Sin más vestido que su belleza, la belleza de un ser puro que va a comenzar su andadura.
Es colocado encima de su madre para que no sufra ninguna separación y los dos al sentirse se funden en el amor. Él es la recompensa a sus esfuerzos, a la espera, al dolor, él la llena de amor y de tranquilidad, por fin lo ve, por fin lo puede acariciar.
-Mamá, estas aquí, todo ha acabado, el miedo ha pasado, abrázame, abrázame un poco más, nútreme con tus pechos y tu amor. Veo a papá emocionado, creo que está llorando, dile que me acaricie, también quiero sentir su amor.
-Por fin estas aquí, no quiero hablar, no puedo, se me han gastado las palabras, solo quiero estar, sentir.
Y allí en esa burbuja de intimidad que formaban los tres seres, padre, madre y bebe, hacen apreciar el agradecimiento por permitirnos ser testigos de este milagro de la vida.
-Mamá te escucho, siento que me quieres, siento como tus manos acarician suavemente tu barriga diciéndomelo, que ganas tengo de que esas manos acaricien mi cuerpo.
-Que ganas tengo de verte, de saber cómo es tu carita, estoy algo preocupada pues el parto ya se acerca, quiero que todo salga bien, quiero ser una buena madre para ti, quiero tenerte ya en mis brazos.
El día del parto estaba cercano, su abultada barriga así lo indicaba y un montón de emociones contradictorias se agolpaban en su mente. Alegría pues estaba cercano el día que iba a ver a su pequeño, miedo de tener alguna complicación en el parto que hiciese peligrar su vida o la del bebe, inquietud de no saber cómo abordar esa nueva situación, esa responsabilidad de criar a un hijo, de que un ser dependa de ti, ella era consciente de la trascendencia de este hecho.
Y una noche cualquiera después de la larga espera, comenzaron las contracciones, el día había llegado.
-Mama que pasa, estoy asustado, esto es cada vez más pequeño.
-Hola chiquitín, dentro de poco te tendré en mis brazos, no te asustes es la forma en la que vendrás al mundo, por fin nos vamos a ver, todos estamos esperándote con ilusión, papá está más asustado que yo, se preocupa por nosotros.
Llegaron al hospital y después de hacer el ingreso les acompañaron a la habitación donde se alojarían durante la espera. Una matrona era la encargada de acompañarlos en este proceso, entró en la habitación a darles la bienvenida, a presentarse, a aclarar sus dudas y sobre todo a tranquilizarlos haciéndoles sentir que se haría todo lo posible para que el parto llegase a buen fin.
-Mamá, que pasa no estoy cómodo, te siento asustada, necesito que acaricies tu barriga para tranquilizarme
-Es cierto, estoy asustada, el dolor me hace perder el control, es insoportable, siento como una energía enorme se mueve en mi vientre, intento tranquilizarme con movimientos rítmicos, pero aquí está la persona que me acompaña, se ve tranquila y segura, me habla con voz pausada y cariñosa, me va explicando cómo se está desarrollando el parto. Tranquilo mi amor todo va bien.
El tiempo va ayudando en el trabajo del nacimiento, ese tiempo que nos cuesta aceptar pues queremos que todo se dé con la máxima rapidez, siento como mamá quiere que todo acabe ya, pero no es así, ese tiempo es necesario, esa espera no es estéril, todo tiene su sentido y su razón, que difícil resulta aceptar sobretodo el dolor.
-Te entiendo mamá, entiendo que quieras que esto vaya más rápido, para mí tampoco es fácil, no sé lo que me voy a encontrar ahí fuera, aquí estoy muy feliz, todo es conocido, no sé lo que me depara el cambio y eso siempre asusta.
Por fin llega el momento de pasar a paritorio, una vida nueva se abre paso inexorablemente, quizás no sea el sitio más bello para recibir a un ser, pero es lo que hay, los profesionales lo sabemos e intentamos minimizar este ambiente y la única forma de hacerlo es abriendo el corazón dejando que nuestra energía amorosa fluya y envuelva todo lo que nos rodea.
Comprensión, respeto y todos los conocimientos técnicos que están en nuestras manos, esas son nuestras herramientas.
-Mamá, ¿qué pasa? todo se ha vuelto oscuro, me falta el aire, tengo miedo. Una fuerza me impulsa al exterior.
-Tengo que ayudarte a salir, todo está acabando.
Y por fin en un ambiente de penumbra llega un ser a la vida, es un momento de celebración, de alegría. Sin más vestido que su belleza, la belleza de un ser puro que va a comenzar su andadura.
Es colocado encima de su madre para que no sufra ninguna separación y los dos al sentirse se funden en el amor. Él es la recompensa a sus esfuerzos, a la espera, al dolor, él la llena de amor y de tranquilidad, por fin lo ve, por fin lo puede acariciar.
-Mamá, estas aquí, todo ha acabado, el miedo ha pasado, abrázame, abrázame un poco más, nútreme con tus pechos y tu amor. Veo a papá emocionado, creo que está llorando, dile que me acaricie, también quiero sentir su amor.
-Por fin estas aquí, no quiero hablar, no puedo, se me han gastado las palabras, solo quiero estar, sentir.
Y allí en esa burbuja de intimidad que formaban los tres seres, padre, madre y bebe, hacen apreciar el agradecimiento por permitirnos ser testigos de este milagro de la vida.
sábado, 16 de octubre de 2010
Una lección de confianza
Una lección de confianza
Cuando menos te lo esperas recibes una lección de confianza en el ser humano.
Era domingo y había salido a comprar algo de fruta, ya se sabe que en los pueblos siempre hay una tienda que abre siempre, a diario y festivos, donde puedes encontrar de todo, desde productos de limpieza, hasta tortillas precocinadas.
Subía por la calle Real, cuando reparé en él, era un perro mestizo, todavía joven, con el pelo corto y áspero de color negro y canela, no era un perro bonito, de esos que llaman la atención, parecía perdido o abandonado.
Alegre, movía la cola a cada persona que pasaba por su lado, buscaba con ansia pertenecer a alguien, tener su manada. Es tremendo sentirse abandonado y excluido. Unos lo espantaban, otros le chillaban para asustarlo, pero él seguía buscando, meneando su cola.
Hice mi compra y al salir me abordó, meneaba su cola con ansia, me lamia la mano cuando la baje para acariciarle, no podía quedarme con él, a pesar de que me enamoraron sus ojos, unos ojos oscuros que me miraban con un agradecimiento infinito, unos ojos que me suplicaban, “quédate conmigo”, unos ojos amorosos dispuestos a darlo todo, unos ojos confiados, sí, confiaba en el ser humano incondicionalmente.
Tengo dos perros y no puedo hacerme cargo de más animales, tuve la esperanza de que al ser tan cariñoso lo recogiese alguien del pueblo, así que después de acariciarlo me dirigí a mi casa.
Al día siguiente, Confiado (pues así lo bautice) seguía corriendo detrás de la gente moviendo su cola y mendigando cariño, lo vi tan desvalido que me despertó la compasión y le compre una lata de comida de perros, no os podéis imaginar los saltos que daba cuando la vacié en la calle, engulléndola rápidamente, seguro que llevaba varios días sin comer, haciendo acopio de mi razón, lo deje y me fui a casa.
La verdad que me venía a la mente continuamente, esperaba que alguien se compadeciese de un animal tan noble.
Unos días después lo vi, tenía una herida en el morro, como si le hubiesen dado con un palo, pero él seguía meneando la cola a todo el que pasaba cerca.
Me reconoció y salió corriendo a saludarme, no tuve más remedio que ceder y acariciarlo, le volví a comprar una lata que devoró en un instante.
Pensé en llevarlo a la protectora de animales, pero después de acordarme de las caras de los perros que vi allí, lo deseche, especulé en tenerlo en acogida y buscarle un dueño pero me dio miedo a no encontrar a alguien, yo no confío tanto en el ser humano. Una vez metido en mi casa no tendría corazón para abandonarlo.
Se me ha grabado en el alma la mirada de Confiado y espero que el universo le conceda lo que más desea, encontrar a alguien que lo quiera, pertenecer a alguien a quien amar, con quien compartir, a quien cuidar y sentirse cuidado.
Espero que no haya desaprensivos que lo maltraten y hagan que desaparezca esa maravillosa confianza en el ser humano que destilaban sus ojos.
Amanda.
Cuando menos te lo esperas recibes una lección de confianza en el ser humano.
Era domingo y había salido a comprar algo de fruta, ya se sabe que en los pueblos siempre hay una tienda que abre siempre, a diario y festivos, donde puedes encontrar de todo, desde productos de limpieza, hasta tortillas precocinadas.
Subía por la calle Real, cuando reparé en él, era un perro mestizo, todavía joven, con el pelo corto y áspero de color negro y canela, no era un perro bonito, de esos que llaman la atención, parecía perdido o abandonado.
Alegre, movía la cola a cada persona que pasaba por su lado, buscaba con ansia pertenecer a alguien, tener su manada. Es tremendo sentirse abandonado y excluido. Unos lo espantaban, otros le chillaban para asustarlo, pero él seguía buscando, meneando su cola.
Hice mi compra y al salir me abordó, meneaba su cola con ansia, me lamia la mano cuando la baje para acariciarle, no podía quedarme con él, a pesar de que me enamoraron sus ojos, unos ojos oscuros que me miraban con un agradecimiento infinito, unos ojos que me suplicaban, “quédate conmigo”, unos ojos amorosos dispuestos a darlo todo, unos ojos confiados, sí, confiaba en el ser humano incondicionalmente.
Tengo dos perros y no puedo hacerme cargo de más animales, tuve la esperanza de que al ser tan cariñoso lo recogiese alguien del pueblo, así que después de acariciarlo me dirigí a mi casa.
Al día siguiente, Confiado (pues así lo bautice) seguía corriendo detrás de la gente moviendo su cola y mendigando cariño, lo vi tan desvalido que me despertó la compasión y le compre una lata de comida de perros, no os podéis imaginar los saltos que daba cuando la vacié en la calle, engulléndola rápidamente, seguro que llevaba varios días sin comer, haciendo acopio de mi razón, lo deje y me fui a casa.
La verdad que me venía a la mente continuamente, esperaba que alguien se compadeciese de un animal tan noble.
Unos días después lo vi, tenía una herida en el morro, como si le hubiesen dado con un palo, pero él seguía meneando la cola a todo el que pasaba cerca.
Me reconoció y salió corriendo a saludarme, no tuve más remedio que ceder y acariciarlo, le volví a comprar una lata que devoró en un instante.
Pensé en llevarlo a la protectora de animales, pero después de acordarme de las caras de los perros que vi allí, lo deseche, especulé en tenerlo en acogida y buscarle un dueño pero me dio miedo a no encontrar a alguien, yo no confío tanto en el ser humano. Una vez metido en mi casa no tendría corazón para abandonarlo.
Se me ha grabado en el alma la mirada de Confiado y espero que el universo le conceda lo que más desea, encontrar a alguien que lo quiera, pertenecer a alguien a quien amar, con quien compartir, a quien cuidar y sentirse cuidado.
Espero que no haya desaprensivos que lo maltraten y hagan que desaparezca esa maravillosa confianza en el ser humano que destilaban sus ojos.
Amanda.
lunes, 27 de septiembre de 2010
La locura de una Amanda cotilla
La locura de una Amanda cotilla
Hola vecino anónimo, ha resultado una aventura para mi, ver tu casa día tras día en estas cortas vacaciones pues ha disparado mi curiosidad y mi imaginación.
Una casa sin ventanas, una cúpula con cristales y una entrada angosta coronada por un hermoso cactus han sido la inspiración que me ha movido a crear infinitas realidades en mi mente.
¿Qué oculta esa casa? ¿Qué hay debajo de la cúpula? Quizás una piscina cubierta o un salón de baile o un fumadero de opio decorado como el interior de un harén con colchones y cojines de bellas telas donde descansan al lado de sus cachimbas los que buscan acercarse a Morfeo y ese humo embriagador que inunda la estancia escapa por los agujeros de la cúpula que actúa como gigantesca chimenea.
¿Por qué sin ventanas? En un lugar donde la luz lo inunda todo, donde el contraste de colores se hace más patente, donde la brisa del mar limpia las estancias, donde la mayoría de gente se une a su alegría abriendo grandes ventanales en sus lares, me hace pensar que a ti quizás te guste preservar celosamente tu intimidad o quizás no te guste lo que hay en el exterior y tiendas a aislarte de lo que la vida te ofrece, pero a mí me apetece que sea la primera opción.
¿Será difícil entrar en tu vida? Es lo que me sugiere al ver la entrada y el hermetismo de tu casa. Aunque la parte exterior es fría y espartana en la cara oculta se deja ver parcialmente un bosque frondoso que me gusta pensar que te pertenece, a lo mejor es de la casa de al lado, ¡¡que ironía!! Pero olvidemos eso porque esta es mi fantasía.
Hay que ver en lo que se entretiene la mente cuando la dejas divagar.
Me gusta recrearme en el halo de misterio que he creado alrededor de tu casa, seguramente la realidad superará la ficción pues los seres humanos somos más completos y complejos.
De pronto apareces, de pronto desapareces, pero no dejas ver nada de tu cotidianidad, a los otros vecinos los ves en el porche, en la piscina, jugando con su familia y tú solo, entras, sales. ¡¡Oh!! Una bici ¿le gustará el deporte? Pero la misma magia que la hizo aparecer la hizo desaparecer sin ni siquiera verla ejerciendo su función.
Como despierta mi curiosidad ese radiador al lado de la valla del jardín empedrado ¿lo usará en invierno para cualquier ritual de temascal, tapándolo con un “tipi” como el de los indios norteamericanos.
Y esos dos coches con matriculas de distintas ciudades ¿será un vasco aflamencado o un sevillano viajero? aunque tiendo más en la primera opción pues los sevillanos son muy de sus feudos.
A pesar del hermetismo de tu casa te he visto, sin tu saberlo, sin tu permitirlo, acariciabas el romero y acercabas tus manos a la cara para oler su fragancia, te he visto que regresabas alegre de no sé dónde y así lo deduje pues silbabas una canción que sonaba en la radio de tu coche, veía con que dulzura y cuidado ayudabas a tu perr@ a subirse en la parte trasera del coche y con la paciencia que esperabas su entrada en casa, te he visto hablar amorosamente con un niño dedicándole una tierna sonrisa.
Es agradable para mi haber compartido desde el anonimato todo esto contigo, me gusta ver el corazón de la gente, por ello te estoy agradecida y he decidido compartir mi locura contigo, quizás haga que este día tenga algo inusual, “una cotilla en tu vida”.
Te aseguro que ya han pasado unos cuantos veranos por mi y nunca se me había ocurrido hacer algo así, no pretendo ofenderte y si así ocurre espero que me puedas disculpar, tampoco pienses que ha sido una vigilancia exhaustiva como en la película “la ventana indiscreta”, ni mucho menos, no te obsesiones, solo han sido esos momentos de balcón donde tenía tu casa delante de la mía y ese gusto por la fantasía y la escritura.
Bueno hoy es mi último día aquí y antes de subir a mi coche me despido de tu casa, de tu perr@ y por supuesto de ti.
Un saludo.
Amanda
Que tengas un feliz día.
Hola vecino anónimo, ha resultado una aventura para mi, ver tu casa día tras día en estas cortas vacaciones pues ha disparado mi curiosidad y mi imaginación.
Una casa sin ventanas, una cúpula con cristales y una entrada angosta coronada por un hermoso cactus han sido la inspiración que me ha movido a crear infinitas realidades en mi mente.
¿Qué oculta esa casa? ¿Qué hay debajo de la cúpula? Quizás una piscina cubierta o un salón de baile o un fumadero de opio decorado como el interior de un harén con colchones y cojines de bellas telas donde descansan al lado de sus cachimbas los que buscan acercarse a Morfeo y ese humo embriagador que inunda la estancia escapa por los agujeros de la cúpula que actúa como gigantesca chimenea.
¿Por qué sin ventanas? En un lugar donde la luz lo inunda todo, donde el contraste de colores se hace más patente, donde la brisa del mar limpia las estancias, donde la mayoría de gente se une a su alegría abriendo grandes ventanales en sus lares, me hace pensar que a ti quizás te guste preservar celosamente tu intimidad o quizás no te guste lo que hay en el exterior y tiendas a aislarte de lo que la vida te ofrece, pero a mí me apetece que sea la primera opción.
¿Será difícil entrar en tu vida? Es lo que me sugiere al ver la entrada y el hermetismo de tu casa. Aunque la parte exterior es fría y espartana en la cara oculta se deja ver parcialmente un bosque frondoso que me gusta pensar que te pertenece, a lo mejor es de la casa de al lado, ¡¡que ironía!! Pero olvidemos eso porque esta es mi fantasía.
Hay que ver en lo que se entretiene la mente cuando la dejas divagar.
Me gusta recrearme en el halo de misterio que he creado alrededor de tu casa, seguramente la realidad superará la ficción pues los seres humanos somos más completos y complejos.
De pronto apareces, de pronto desapareces, pero no dejas ver nada de tu cotidianidad, a los otros vecinos los ves en el porche, en la piscina, jugando con su familia y tú solo, entras, sales. ¡¡Oh!! Una bici ¿le gustará el deporte? Pero la misma magia que la hizo aparecer la hizo desaparecer sin ni siquiera verla ejerciendo su función.
Como despierta mi curiosidad ese radiador al lado de la valla del jardín empedrado ¿lo usará en invierno para cualquier ritual de temascal, tapándolo con un “tipi” como el de los indios norteamericanos.
Y esos dos coches con matriculas de distintas ciudades ¿será un vasco aflamencado o un sevillano viajero? aunque tiendo más en la primera opción pues los sevillanos son muy de sus feudos.
A pesar del hermetismo de tu casa te he visto, sin tu saberlo, sin tu permitirlo, acariciabas el romero y acercabas tus manos a la cara para oler su fragancia, te he visto que regresabas alegre de no sé dónde y así lo deduje pues silbabas una canción que sonaba en la radio de tu coche, veía con que dulzura y cuidado ayudabas a tu perr@ a subirse en la parte trasera del coche y con la paciencia que esperabas su entrada en casa, te he visto hablar amorosamente con un niño dedicándole una tierna sonrisa.
Es agradable para mi haber compartido desde el anonimato todo esto contigo, me gusta ver el corazón de la gente, por ello te estoy agradecida y he decidido compartir mi locura contigo, quizás haga que este día tenga algo inusual, “una cotilla en tu vida”.
Te aseguro que ya han pasado unos cuantos veranos por mi y nunca se me había ocurrido hacer algo así, no pretendo ofenderte y si así ocurre espero que me puedas disculpar, tampoco pienses que ha sido una vigilancia exhaustiva como en la película “la ventana indiscreta”, ni mucho menos, no te obsesiones, solo han sido esos momentos de balcón donde tenía tu casa delante de la mía y ese gusto por la fantasía y la escritura.
Bueno hoy es mi último día aquí y antes de subir a mi coche me despido de tu casa, de tu perr@ y por supuesto de ti.
Un saludo.
Amanda
Que tengas un feliz día.
viernes, 6 de agosto de 2010
Cuento para Luna
AMNARA, EL HADA DE LOS BOSQUES
Amnara, el hada de los bosques, una criatura poderosa, bendecida con muchos dones, una melena negro azabache con suaves ondas caía sobre su espalda haciendo contraste con una piel blanca, de un blanco transparente y grandes ojos de un azul profundo como la tormenta en el mar que confirmaban sus dotes de visionaria, y sus alas, unas alas maravillosas que le permitían volar a través del tiempo y del espacio.
Ella sabía que tenía el poder de transformar a los demás, de despertar en ellos el deseo de hacer sus sueños realidad. Todo un halo de amor incondicional la rodeaba, a todo el mundo le gustaba estar en su presencia, emanaba sabiduría y amor por todos los poros de su piel.
El sol salio y Amnara abrió los ojos, vio a su alrededor toda la abundancia de la naturaleza, decidió dar un paseo para disfrutar del espectáculo.
Las fresas silvestres bordeaban los caminos, los árboles presentaban su aspecto más hermoso, regalándole sus aromas, de pronto sintió una presencia y se giró con el corazón lleno de alegría, allí estaba Tropo, su caballo alado, blanco como la nieve, sus crines le caían suavemente sobre el lomo y sus alas transparentes tenían los sutiles reflejos del arco iris.
Tropo relinchó con vehemencia saludando a su amiga, acercó su morro suave a las manos de Amnara y esta le acarició con delicadeza. Se miraron a los ojos y entendieron la profundidad de su amor, ese amor en el que no se necesita decir nada, esa comunicación que sale del corazón.
Continuaron juntos el paseo matutino, compartiendo juegos y caricias y las deliciosas fresas silvestres.
Llegaron al lago rodeado de un tapiz multicolor formado por mil flores, cada una distinta, se acercaron a la orilla y se metieron en el agua transparente y fresca que limpió los restos rojos de las fresas que manchaban las bocas de ambos.
Siguieron y siguieron con sus juegos
-Tropo vamos a ver a los demás dijo Amnara
-Hiii…..hiiiii que en el idioma de los caballos mágicos quiere decir ¡vale!
Y salieron del agua cogiendo el camino que llevaba al río, allí estaban las demás hadas del bosque.
Era un río de aguas verde esmeralda labrado en la roca formando pequeñas piscinas donde jugaban las hadas usándolo como un gran tobogán.
Tropo escucho las risas y la algarabía y aceleró el paso, poco después llegó Amnara y se unió a los juegos.
La noche cayó y todos se reunieron alrededor del fuego para contar cuentos y cantar bellas canciones. La felicidad lo inundaba todo.
Un día la reina de las hadas convocó una reunión
-Queridos amigos –dijo- los humanos necesitan nuestra ayuda, han perdido la fe en la vida, han pedido la alegría de tomar todo lo que les da, no son capaces de conectar con su corazón y el miedo invade sus vidas, necesitamos voluntarios para esta tarea.
Era una decisión importante pero Amnara quería ayudar y el hada de los bosques montó en su caballo alado he inició el viaje a la Tierra.
Fue un viaje duro y largo de nueve meses de duración, donde tuvo que renunciar a muchas cosas, tuvo que olvidar su vida anterior y despojarse de sus recuerdos, pero sabía que su camino era estar de servicio y ayudar a esos humanos tan perdidos.
Y un día de Febrero en un hospital de Sevilla, decidió entrar en la Tierra, su padre y su madre que cuidarían de ella hasta que su cuerpo y su mente fuesen lo suficientemente poderosos para valerse por si mismos, estaban esperando su llegada, con ansiedad y alegría y con el corazón abierto a recibirla.
Tengo que decir que ellos me dieron el regalo maravilloso de poder acompañarlos en la espera, me hicieron participe de ese momento tan especial.
Pensamos en todo lo que según nosotros sería mejor para recibirla pero las cosas no son como uno quiere sino como tienen que ser y Amnara decidió llegar a este mundo por cesárea.
El miedo nos invadió, el pensar que pudiera pasarle algo, que estuviese sufriendo nos llenaba de congoja e impotencia, la espera se hacia insoportable.
Era un parto difícil, la madre lo sufrió en su cuerpo y en su alma, y el padre desde su impotencia pedía ayuda para las dos, sin saber como manejar la situación, sin saber que hacer.
Y yo totalmente desconcertada e intentando dar la sensación de seguridad y control para ayudarlos, vaya mascara que tuve que sacar, todo era fachada, pero por dentro un dolor profundo se apoderaba de mi, yo sabia traducir los síntomas, yo sabia lo que podía pasar.
Entré en quirófano, que sitio tan horrible par recibir un bebé, y decidí que la recogería, la calmaría e intentaría darle a entender el gran amor con el que era recibida.
¡¡Y sorpresa!! Cuando la tome en mis brazos recién salida del vientre de su madre, me miró y fue ella la que disolvió mi miedo, me inundó con un sentimiento de paz, de amor y de vida.
Todavía al recordar esos ojos profundos y esa luz primigenia, se despierta en mi la misma sensación, está claro que la labor que ha venido a hacer está teniendo su fruto nada más llegar.
Y Amnara está entre nosotros y espero disfrutar de la compañía y las enseñanzas de esta gran maestra y sanadora de almas, “el hada de los bosques”….. Que aquí se llama LUNA.
Amanda.
Amnara, el hada de los bosques, una criatura poderosa, bendecida con muchos dones, una melena negro azabache con suaves ondas caía sobre su espalda haciendo contraste con una piel blanca, de un blanco transparente y grandes ojos de un azul profundo como la tormenta en el mar que confirmaban sus dotes de visionaria, y sus alas, unas alas maravillosas que le permitían volar a través del tiempo y del espacio.
Ella sabía que tenía el poder de transformar a los demás, de despertar en ellos el deseo de hacer sus sueños realidad. Todo un halo de amor incondicional la rodeaba, a todo el mundo le gustaba estar en su presencia, emanaba sabiduría y amor por todos los poros de su piel.
El sol salio y Amnara abrió los ojos, vio a su alrededor toda la abundancia de la naturaleza, decidió dar un paseo para disfrutar del espectáculo.
Las fresas silvestres bordeaban los caminos, los árboles presentaban su aspecto más hermoso, regalándole sus aromas, de pronto sintió una presencia y se giró con el corazón lleno de alegría, allí estaba Tropo, su caballo alado, blanco como la nieve, sus crines le caían suavemente sobre el lomo y sus alas transparentes tenían los sutiles reflejos del arco iris.
Tropo relinchó con vehemencia saludando a su amiga, acercó su morro suave a las manos de Amnara y esta le acarició con delicadeza. Se miraron a los ojos y entendieron la profundidad de su amor, ese amor en el que no se necesita decir nada, esa comunicación que sale del corazón.
Continuaron juntos el paseo matutino, compartiendo juegos y caricias y las deliciosas fresas silvestres.
Llegaron al lago rodeado de un tapiz multicolor formado por mil flores, cada una distinta, se acercaron a la orilla y se metieron en el agua transparente y fresca que limpió los restos rojos de las fresas que manchaban las bocas de ambos.
Siguieron y siguieron con sus juegos
-Tropo vamos a ver a los demás dijo Amnara
-Hiii…..hiiiii que en el idioma de los caballos mágicos quiere decir ¡vale!
Y salieron del agua cogiendo el camino que llevaba al río, allí estaban las demás hadas del bosque.
Era un río de aguas verde esmeralda labrado en la roca formando pequeñas piscinas donde jugaban las hadas usándolo como un gran tobogán.
Tropo escucho las risas y la algarabía y aceleró el paso, poco después llegó Amnara y se unió a los juegos.
La noche cayó y todos se reunieron alrededor del fuego para contar cuentos y cantar bellas canciones. La felicidad lo inundaba todo.
Un día la reina de las hadas convocó una reunión
-Queridos amigos –dijo- los humanos necesitan nuestra ayuda, han perdido la fe en la vida, han pedido la alegría de tomar todo lo que les da, no son capaces de conectar con su corazón y el miedo invade sus vidas, necesitamos voluntarios para esta tarea.
Era una decisión importante pero Amnara quería ayudar y el hada de los bosques montó en su caballo alado he inició el viaje a la Tierra.
Fue un viaje duro y largo de nueve meses de duración, donde tuvo que renunciar a muchas cosas, tuvo que olvidar su vida anterior y despojarse de sus recuerdos, pero sabía que su camino era estar de servicio y ayudar a esos humanos tan perdidos.
Y un día de Febrero en un hospital de Sevilla, decidió entrar en la Tierra, su padre y su madre que cuidarían de ella hasta que su cuerpo y su mente fuesen lo suficientemente poderosos para valerse por si mismos, estaban esperando su llegada, con ansiedad y alegría y con el corazón abierto a recibirla.
Tengo que decir que ellos me dieron el regalo maravilloso de poder acompañarlos en la espera, me hicieron participe de ese momento tan especial.
Pensamos en todo lo que según nosotros sería mejor para recibirla pero las cosas no son como uno quiere sino como tienen que ser y Amnara decidió llegar a este mundo por cesárea.
El miedo nos invadió, el pensar que pudiera pasarle algo, que estuviese sufriendo nos llenaba de congoja e impotencia, la espera se hacia insoportable.
Era un parto difícil, la madre lo sufrió en su cuerpo y en su alma, y el padre desde su impotencia pedía ayuda para las dos, sin saber como manejar la situación, sin saber que hacer.
Y yo totalmente desconcertada e intentando dar la sensación de seguridad y control para ayudarlos, vaya mascara que tuve que sacar, todo era fachada, pero por dentro un dolor profundo se apoderaba de mi, yo sabia traducir los síntomas, yo sabia lo que podía pasar.
Entré en quirófano, que sitio tan horrible par recibir un bebé, y decidí que la recogería, la calmaría e intentaría darle a entender el gran amor con el que era recibida.
¡¡Y sorpresa!! Cuando la tome en mis brazos recién salida del vientre de su madre, me miró y fue ella la que disolvió mi miedo, me inundó con un sentimiento de paz, de amor y de vida.
Todavía al recordar esos ojos profundos y esa luz primigenia, se despierta en mi la misma sensación, está claro que la labor que ha venido a hacer está teniendo su fruto nada más llegar.
Y Amnara está entre nosotros y espero disfrutar de la compañía y las enseñanzas de esta gran maestra y sanadora de almas, “el hada de los bosques”….. Que aquí se llama LUNA.
Amanda.
jueves, 3 de junio de 2010
Sirio, el caballo magico
Sirio, el caballo mágico
Había una vez una familia que vivía a las afueras de la ciudad, en una casa con un precioso jardín que cuidaban con esmero, el padre se llamaba Ernesto y la madre Elena, tenían una hija que era su tesoro más preciado, su nombre era Penélope con la que compartían su amor por la naturaleza, les gustaba darse largos paseos por un bosque cercano.
Penélope no era feliz, siempre estaba enfadada y no sabía muy bien lo que le pasaba, la vida le parecía aburrida, no se sentía comprendida, siempre tenia que hacer lo que le mandaban, siempre la estaban regañando, no creía en la magia, no creía que todo era posible.
Tenía un caballo de color blanco que se llamaba Sirio como la estrella que más brilla en el firmamento, le puso ese nombre por como deslumbraba su pelo cuando le daba el sol, era un animal dócil y cariñoso y como Ernesto, el padre decía “hay veces que solo le falta hablar”. Este era su gran amigo, el único que la entendía, con el que compartía todos sus secretos, tenía conversaciones interminables pues le parecía que entendía todo lo que le contaba, la miraba fijamente con sus ojos grandes y expresivos y movía la cabeza con un gesto afirmativo.
Aquella mañana hacía un día espléndido, el sol empezaba a calentar dulcemente pues la primavera estaba intentando abrir sus semillas en la tierra, Ernesto y Penélope después de desayunar decidieron dar un paseo por el bosque, cogieron el camino de los álamos que estaba bordeado por un pequeño riachuelo, mientras caminaban iban hablando, “vaya rollo, siempre diciéndome lo que tengo que hacer” pensó Penélope.
Después de caminar durante mucho rato, subiendo la cuesta que llevaba a la cima de una pequeña montaña, llegaron a un llano y Ernesto se recostó sobre un árbol para descansar y en un pis-pas se quedó dormido, pero profundamente dormido, mientras tanto Penélope se aburría y siguió investigando la zona, encontró una fila de hormigas que parecía tener un destino común, la curiosidad la invadió, así que se dedico a seguirlas y ver donde las llevaba su caminata, después de un largo rato se aburrió de ellas, pues las hormigas seguían y seguían andando en su fila interminable, decidió dar la vuelta sobre sus pasos pero no reconocía el camino, anduvo y anduvo, hasta que se dio cuenta que estaba perdida, “papá, ¿donde estas?” gritaba con todas sus fuerzas, pero no recibía respuesta, siguió andando sin rumbo, “papá ¿Dónde estas?”, y seguía sin recibir respuesta.
Las lagrimas empezaron a aparecer, tenía miedo, no sabía donde estaba, no encontraba el camino de vuelta, ¿Qué podía hacer?, las lagrimas ya salían abiertamente de sus ojos y le impedían ver, no se dio cuenta que había unas ramas en la tierra, tropezó y cayó de bruces al suelo, ya no podía parar su llanto, lloraba y lloraba y de pronto al levantar la vista observó que al fondo de la arboleda había unas luces, algo que brillaba con mucha intensidad, se levantó como pudo y se dirigió hacia allí.
Sus ojos no podían dar crédito a lo que veían, era una ciudad maravillosa como nunca había contemplado, las casas eran de diferentes colores, rodeadas de todo tipo de flores, amarillas, naranjas, violetas…..y lo más extraño era que todas despedían un brillo dotado de una hermosura inigualable, además la habitaban seres de belleza excepcional, eran pequeños, de piel verde y brillaban como las flores que adornaban las casas, tenían alas irisadas que hacían que pudiesen desplazarse de un lado a otro volando, “que maravilla aquí todo brilla” dijo Penélope, y sin pensárselo dos veces dirigió sus pasos hacia la ciudad, no sentía miedo, toda aquella visión la atraía como un imán, “seguro que me pueden ayudar a volver a mi casa” pensó y tomó el camino que llevaba a la pequeña ciudad.
Conforme se iba acercando, los seres que la habían visto, revoloteaban a su alrededor, se dio cuenta que le estaban hablando pero no oía nada, gesticulaban, movían los brazos y la boca pero Penélope seguía sin oír, ¿Cómo me gustaría saber que dicen? de pronto una sombra en el cielo capto su atención, levantó su mirada y “OH, Dios mío es un dragón”, no podía creer lo que veían sus ojos, sí, era un dragón de color rojo intenso que volaba por el cielo con una especie de bolsa de color lila en su boca, de pronto se lanzó a un vuelo en picado que hizo que Penélope se tirase al suelo pensando que la iba a atacar, cuando el animal llegó a ella, soltó la bolsa que llevaba en la boca y un polvo dorado se esparció por encima del cuerpo de Penélope, se miró y …..”Estoy brillando” exclamó, su cuerpo había empezado a resplandecer como el de los seres que revoloteaban a su alrededor.
¿Cómo te llamas? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha enseñado el camino?, todas esas preguntas escuchaba Penélope, podía oír, podía entender lo que le decían, “seguro que ha sido el polvo del dragón”
Decidida a ser educada, fue contestando a las preguntas
- Me llamo Penélope, me he perdido en el bosque, yo solo seguía a las hormigas
Y empezó a llorar de nuevo, uno de los seres, se acercó y le dijo “esas hormigas son unas bromistas, siempre hacen esa jugarreta con la gente que creen que se merece conocernos” “no te preocupes, te enseñaremos el camino a tu casa, pero ya que estas aquí ¿Qué te parece si te enseñamos este lugar?
- Me encantaría, respondió con entusiasmo, “me gustaría mucho”
Y así empezó su excursión por el mundo de la magia, pues estos seres no eran otra cosa que hadas del bosque, seres maravillosos y que solo contadas personas pueden ver, pasearon por las calles de la ciudad y se paraban en cada casa donde era invitada a probar los suculentos manjares que tenían preparados, nunca había probado comidas tan exquisitas, ni bebidas tan deliciosas, de las fuentes que había en las calles no manaba agua sino un néctar dulce que las hadas bebían continuamente y elaboraban con las flores que allí había, Penélope intentaba adivinar a que le sabía esa bebida, ¿será a plátano y mango o a fresas y manzana? Nunca había probado sabores parecidos.
Al final de una calle y coronada por arcos de flores se abría la entrada a un jardín donde todos estos maravillosos seres jugaban y cantaban, pues las hadas son muy alegres, juguetonas y bromistas, Penélope no se lo pensó y se unió a sus juegos, de pronto vio la cola de un caballo blanco, “caramba, como se parece a Sirio” y cual no fue su sorpresa cuando al acercarse, allí estaba, era Sirio, pero le había crecido un cuerno precioso en la frente y además tenía alas, se froto los ojos pues no daba crédito a lo que veía, “sí, sí , es Sirio” dijo en voz alta y el caballo al escuchar su voz se giro y con un trote suave fue a su encuentro.
- Hola Penélope
- Hola Sirio, ¿hablas”
- Sí, aquí, en este mundo puedo hablar
- Que maravilla
- ¿Quieres volar un rato en mi lomo? Propuso el caballo mágico que por cierto en este mundo le llaman unicornio
- Por supuesto que sí, me encantaría
Y subiéndose a su lomo iniciaron el vuelo por el cielo azul y brillante que coronaba la pequeña ciudad, a lo lejos vio al dragón rojo en cuyo lomo cabalgaba un hada verde que reía y reía al ver la cara de asombro de Penélope, y los dos juntos, unicornio y dragón hacían cabriolas en el aire para el deleite de sus dos amazonas.
Acabado el vuelo, Penélope pensó que era hora de volver a casa pues sus padres estarían preocupados y así se lo dijo a las hadas.
- Solo tienes que seguir a las hormigas, ellas te llevaran
Penélope se despidió de las hadas
- Si quieres volver otra vez solo tienes que seguir a las hormigas
Volvió a seguir el camino que le marcaba la fila interminable de hormigas bromistas y allí debajo del mismo árbol donde lo había dejado durmiendo, estaba su padre, y seguía igual que lo dejo, roncando a pierna suelta. Cuando lo vio no pudo contener su alegría y se tiro a sus brazos, Ernesto despertó sobresaltado.
- ¿Qué te pasa Penélope?
- Nada papá, que te quiero, y se fundió en un abrazo,
- Y yo también mi cielo, y aunque asombrado correspondió con un fuerte abrazo
Volvieron a casa donde Elena los esperaba, ¿Qué tal lo habéis pasado? “muy bien” contestaron al unísono, Penélope se sentía a gusto, notaba que la amaban, que allí estaba protegida, no los entendía muy bien ni se sentía plenamente comprendida, pero les quería y se sentía querida y eso le bastaba, a partir de entonces estuvo abierta a recibir todo el cariño que le diesen. Se asomó por la ventana y allí estaba Sirio tranquilamente pastando, de pronto giró la cabeza y le guiñó un ojo, “tengo un caballo mágico” pensó y solo ella sabía el porque, solo ella era consciente de la aventura del bosque de las hadas. Al mirarse vio que seguía brillando gracias a ese polvo del dragón rojo y eso fue por siempre jamás.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado por ahora, pues estoy segura de que Penélope cuando sienta que deja de brillar seguirá a las hormigas bromistas e ira a hacer otra visita a ese mundo mágico que había conocido y volvería a pedir a su amigo el dragón rojo que le diese otra ducha de ese mágico polvo dorado.
Amanda.
Había una vez una familia que vivía a las afueras de la ciudad, en una casa con un precioso jardín que cuidaban con esmero, el padre se llamaba Ernesto y la madre Elena, tenían una hija que era su tesoro más preciado, su nombre era Penélope con la que compartían su amor por la naturaleza, les gustaba darse largos paseos por un bosque cercano.
Penélope no era feliz, siempre estaba enfadada y no sabía muy bien lo que le pasaba, la vida le parecía aburrida, no se sentía comprendida, siempre tenia que hacer lo que le mandaban, siempre la estaban regañando, no creía en la magia, no creía que todo era posible.
Tenía un caballo de color blanco que se llamaba Sirio como la estrella que más brilla en el firmamento, le puso ese nombre por como deslumbraba su pelo cuando le daba el sol, era un animal dócil y cariñoso y como Ernesto, el padre decía “hay veces que solo le falta hablar”. Este era su gran amigo, el único que la entendía, con el que compartía todos sus secretos, tenía conversaciones interminables pues le parecía que entendía todo lo que le contaba, la miraba fijamente con sus ojos grandes y expresivos y movía la cabeza con un gesto afirmativo.
Aquella mañana hacía un día espléndido, el sol empezaba a calentar dulcemente pues la primavera estaba intentando abrir sus semillas en la tierra, Ernesto y Penélope después de desayunar decidieron dar un paseo por el bosque, cogieron el camino de los álamos que estaba bordeado por un pequeño riachuelo, mientras caminaban iban hablando, “vaya rollo, siempre diciéndome lo que tengo que hacer” pensó Penélope.
Después de caminar durante mucho rato, subiendo la cuesta que llevaba a la cima de una pequeña montaña, llegaron a un llano y Ernesto se recostó sobre un árbol para descansar y en un pis-pas se quedó dormido, pero profundamente dormido, mientras tanto Penélope se aburría y siguió investigando la zona, encontró una fila de hormigas que parecía tener un destino común, la curiosidad la invadió, así que se dedico a seguirlas y ver donde las llevaba su caminata, después de un largo rato se aburrió de ellas, pues las hormigas seguían y seguían andando en su fila interminable, decidió dar la vuelta sobre sus pasos pero no reconocía el camino, anduvo y anduvo, hasta que se dio cuenta que estaba perdida, “papá, ¿donde estas?” gritaba con todas sus fuerzas, pero no recibía respuesta, siguió andando sin rumbo, “papá ¿Dónde estas?”, y seguía sin recibir respuesta.
Las lagrimas empezaron a aparecer, tenía miedo, no sabía donde estaba, no encontraba el camino de vuelta, ¿Qué podía hacer?, las lagrimas ya salían abiertamente de sus ojos y le impedían ver, no se dio cuenta que había unas ramas en la tierra, tropezó y cayó de bruces al suelo, ya no podía parar su llanto, lloraba y lloraba y de pronto al levantar la vista observó que al fondo de la arboleda había unas luces, algo que brillaba con mucha intensidad, se levantó como pudo y se dirigió hacia allí.
Sus ojos no podían dar crédito a lo que veían, era una ciudad maravillosa como nunca había contemplado, las casas eran de diferentes colores, rodeadas de todo tipo de flores, amarillas, naranjas, violetas…..y lo más extraño era que todas despedían un brillo dotado de una hermosura inigualable, además la habitaban seres de belleza excepcional, eran pequeños, de piel verde y brillaban como las flores que adornaban las casas, tenían alas irisadas que hacían que pudiesen desplazarse de un lado a otro volando, “que maravilla aquí todo brilla” dijo Penélope, y sin pensárselo dos veces dirigió sus pasos hacia la ciudad, no sentía miedo, toda aquella visión la atraía como un imán, “seguro que me pueden ayudar a volver a mi casa” pensó y tomó el camino que llevaba a la pequeña ciudad.
Conforme se iba acercando, los seres que la habían visto, revoloteaban a su alrededor, se dio cuenta que le estaban hablando pero no oía nada, gesticulaban, movían los brazos y la boca pero Penélope seguía sin oír, ¿Cómo me gustaría saber que dicen? de pronto una sombra en el cielo capto su atención, levantó su mirada y “OH, Dios mío es un dragón”, no podía creer lo que veían sus ojos, sí, era un dragón de color rojo intenso que volaba por el cielo con una especie de bolsa de color lila en su boca, de pronto se lanzó a un vuelo en picado que hizo que Penélope se tirase al suelo pensando que la iba a atacar, cuando el animal llegó a ella, soltó la bolsa que llevaba en la boca y un polvo dorado se esparció por encima del cuerpo de Penélope, se miró y …..”Estoy brillando” exclamó, su cuerpo había empezado a resplandecer como el de los seres que revoloteaban a su alrededor.
¿Cómo te llamas? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha enseñado el camino?, todas esas preguntas escuchaba Penélope, podía oír, podía entender lo que le decían, “seguro que ha sido el polvo del dragón”
Decidida a ser educada, fue contestando a las preguntas
- Me llamo Penélope, me he perdido en el bosque, yo solo seguía a las hormigas
Y empezó a llorar de nuevo, uno de los seres, se acercó y le dijo “esas hormigas son unas bromistas, siempre hacen esa jugarreta con la gente que creen que se merece conocernos” “no te preocupes, te enseñaremos el camino a tu casa, pero ya que estas aquí ¿Qué te parece si te enseñamos este lugar?
- Me encantaría, respondió con entusiasmo, “me gustaría mucho”
Y así empezó su excursión por el mundo de la magia, pues estos seres no eran otra cosa que hadas del bosque, seres maravillosos y que solo contadas personas pueden ver, pasearon por las calles de la ciudad y se paraban en cada casa donde era invitada a probar los suculentos manjares que tenían preparados, nunca había probado comidas tan exquisitas, ni bebidas tan deliciosas, de las fuentes que había en las calles no manaba agua sino un néctar dulce que las hadas bebían continuamente y elaboraban con las flores que allí había, Penélope intentaba adivinar a que le sabía esa bebida, ¿será a plátano y mango o a fresas y manzana? Nunca había probado sabores parecidos.
Al final de una calle y coronada por arcos de flores se abría la entrada a un jardín donde todos estos maravillosos seres jugaban y cantaban, pues las hadas son muy alegres, juguetonas y bromistas, Penélope no se lo pensó y se unió a sus juegos, de pronto vio la cola de un caballo blanco, “caramba, como se parece a Sirio” y cual no fue su sorpresa cuando al acercarse, allí estaba, era Sirio, pero le había crecido un cuerno precioso en la frente y además tenía alas, se froto los ojos pues no daba crédito a lo que veía, “sí, sí , es Sirio” dijo en voz alta y el caballo al escuchar su voz se giro y con un trote suave fue a su encuentro.
- Hola Penélope
- Hola Sirio, ¿hablas”
- Sí, aquí, en este mundo puedo hablar
- Que maravilla
- ¿Quieres volar un rato en mi lomo? Propuso el caballo mágico que por cierto en este mundo le llaman unicornio
- Por supuesto que sí, me encantaría
Y subiéndose a su lomo iniciaron el vuelo por el cielo azul y brillante que coronaba la pequeña ciudad, a lo lejos vio al dragón rojo en cuyo lomo cabalgaba un hada verde que reía y reía al ver la cara de asombro de Penélope, y los dos juntos, unicornio y dragón hacían cabriolas en el aire para el deleite de sus dos amazonas.
Acabado el vuelo, Penélope pensó que era hora de volver a casa pues sus padres estarían preocupados y así se lo dijo a las hadas.
- Solo tienes que seguir a las hormigas, ellas te llevaran
Penélope se despidió de las hadas
- Si quieres volver otra vez solo tienes que seguir a las hormigas
Volvió a seguir el camino que le marcaba la fila interminable de hormigas bromistas y allí debajo del mismo árbol donde lo había dejado durmiendo, estaba su padre, y seguía igual que lo dejo, roncando a pierna suelta. Cuando lo vio no pudo contener su alegría y se tiro a sus brazos, Ernesto despertó sobresaltado.
- ¿Qué te pasa Penélope?
- Nada papá, que te quiero, y se fundió en un abrazo,
- Y yo también mi cielo, y aunque asombrado correspondió con un fuerte abrazo
Volvieron a casa donde Elena los esperaba, ¿Qué tal lo habéis pasado? “muy bien” contestaron al unísono, Penélope se sentía a gusto, notaba que la amaban, que allí estaba protegida, no los entendía muy bien ni se sentía plenamente comprendida, pero les quería y se sentía querida y eso le bastaba, a partir de entonces estuvo abierta a recibir todo el cariño que le diesen. Se asomó por la ventana y allí estaba Sirio tranquilamente pastando, de pronto giró la cabeza y le guiñó un ojo, “tengo un caballo mágico” pensó y solo ella sabía el porque, solo ella era consciente de la aventura del bosque de las hadas. Al mirarse vio que seguía brillando gracias a ese polvo del dragón rojo y eso fue por siempre jamás.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado por ahora, pues estoy segura de que Penélope cuando sienta que deja de brillar seguirá a las hormigas bromistas e ira a hacer otra visita a ese mundo mágico que había conocido y volvería a pedir a su amigo el dragón rojo que le diese otra ducha de ese mágico polvo dorado.
Amanda.
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