jueves, 28 de abril de 2011

Cabaret, la magia para el alma

CABARET, MAGIA PARA EL ALMA.



Por una amiga llegó a mis manos el tríptico de un taller, se llamaba “Cabaret-jazz”, no sé por qué motivo quizás cosas del alma pero mi imaginación empezó a dispararse, a mi mente llegaban las obras de Toulouse Lautrec, esa magia de un mundo desconocido donde solo la visión de esas mujeres me hacía conectar con algo poderoso e instintivo, con la sensación de libertad, así que no sin algunos miedos y resistencias me embarque en la búsqueda de tan ansiado don.

Mi primera acción fue llamar por teléfono para verificar si se necesitaba algún nivel, pues no he tenido contacto con el mundo de las artes, el teatro o el baile y claro está no tenía ninguna intención de hacer el ridículo en un circulo de profesionales.

Puse manos a la obra y una voz dulce y seductora de mujer entraba en mi pecho como mantequilla, estaba claro que estaba dispuesta a dejarme convencer así que hice la inscripción sin darle muchas vueltas y dispuesta a convertirme en una aprendiza de cabaretera.

Aunque pensaba ir sola, cosa que no me importaba, al final se apunto conmigo una compañera de trabajo.

Ahora empezaban los preparativos, teníamos que comprar las vestimentas y adornos que se indicaban en el tríptico, así que pusimos manos a la obra.

¿Pero donde encontraríamos complementos plateados y atuendo de cabareteras?; nos decidimos por las tiendas de los chinos por los precios, y sin mucha idea de lo que buscábamos nos pusimos en marcha quedando una tarde para hacer la compra del vestuario.

Así empecé mi historia de aprendiza, tenía que tomar decisiones y la palabra que se repetía en mi mente era hortera, sombrero de copa de color morado, boas de plumas del mismo color, debería decir de pluma porque estas eran realmente escasas, guantes negros de pichi glas capaces de provocar una urticaria al más pintado, bastón de plástico con pito incluido cuando lo golpeabas en el suelo, collares de perlas que por el peso podían provocar algún problema con las cervicales, pluma con diadema tipo charlestón de color azul pavo con un gran pedrusco en el centro imitación de un zafiro, digo imitación por decir algo, medias de red de color negro, dos pares por si se me rompían con el uso y con estos tesoros que conseguí por el módico precio de 17 euros y una tarde esplendida llena de risas y alegría volví a mi casa, no sin antes hacer una demostración callejera con el bastón, método maravilloso para perder peso pues estaba más en el suelo que en mis manos. Era innegable que esto del cabaret me estaba encantando.

Ya solo me quedaba solucionar que ponerme en el cuerpo, pues la ropa que encontraba en esas tiendas no me atreví a comprarlas por el miedo a dar la nota y por lo de las urticarias; así que con algo de ropa interior sexi que tenia y un mallot de mi hija, quedo concluido mi atuendo.

Ahora tenía que solucionar lo más difícil y lo que más me preocupaba, los tacones, ¿Cómo voy a conseguir bailar con tacones, si no sé ni siquiera andar?

Tenía unos tipo rascacielos de esos que te pones en las bodas y que te los quitas en cuanto llegas al coche, pero no, esos no podía llevarlos pues peligraría mi integridad física y tampoco era plan de acabar escayolada, busque y busque dando con unos de color verde botella que no pegaban mucho con los colores que había escogido para mi atuendo pero la medida del tacón los hacía ser los finalistas en la elección.

Ya estaba todo preparado y como una niña mi energía se centraba en la ilusión de que el día de mi partida llegase pronto.

Después de haberme levantado a las 6,30, de haber cargado con un maletón con mis tesoros, de una jornada laboral intensa, mi compañera y yo tomamos el tren con destino a nuestra iniciación; abiertas, alegres y cansadas.

Encontrado el lugar del evento, conocí a la mujer de la voz dulce y me reafirme en mi percepción, también conocí al profe, maestro o gurú del taller, el que había contestado con premura a todos mis mails, el que había resuelto todas mis dudas hasta las más pueriles y sobre la marcha nos asignaron la habitación que nos cobijaría todos los días que duraba el taller.

Nada más entrar en ella, me di cuenta que mi tesoro no tenía nada que ver con el que una de mis compañeras de cuarto tenía, ella si había osado a comprar todos esos vestidos que mi mente racional había rechazado, y gracias a Dios que hay personas atrevidas pues si no existiese gente como ella no habría podido sobrevivir en mi puesta en escena, su generosidad así como la de otras compañeras hizo que se solucionase mi deficiente vestuario, un sombrero de una, una falda de otra y muchas cosas más, creo que excepto las bragas lo compartí todo, me pintaron, pinte, me aconsejaron, aconseje, me cuidaron, cuide.

Nos dieron la bienvenida facilitándonos las instrucciones para el día siguiente; vaya sorpresa, había que aparecer a las 9 de la mañana con todo el vestuario de cabaret incluyendo tacones, yo que creía que iríamos en chándal, pues no, artistas desde el principio.

Eso se repitió todos los días como una letanía, convirtiendo los aburridos pasillos del albergue donde nos hospedábamos, en un variopinto desfile multicolor de plumas y purpurina, de alegría y fantasía, de ires y venires a la búsqueda del intercambio de vestuario y de los consejos de los compañeros.

He de decir que estas jornadas intensivas, yo que no soy nada deportista han hecho que vuelva con agujetas en todas las partes de mi cuerpo, creo que solo se han librado de tan molestos dolores las pestañas, he movido músculos que ni siquiera conocía de su existencia, he sufrido del cansancio que da el no querer perderte nada, pues estaba en contradicción la idea del cabaret amigo de la noche, con los horarios de madrugar, de adaptarte a una disciplina, de ejercicios maravillosos y de estar subida a los martirizadores tacones desde nacida la mañana.

También he tenido que adaptarme a los cambios continuos de ropa, me levantaba y para desayunar me vestía con mi mascara cotidiana, acabado esto volvía a la habitación donde reinaba el caos, pues las plumas, los sombreros y los vestidos aparecían en el más absoluto desorden al que yo contribuía.

Buscaba en un lavabo de 2m el espacio inexistente compartido con mis tres compañeras para volver a desnudarme y enfundarme en mi nuevo vestuario, subiéndome a los tacones y adornando mi cara con todos los colores que permitía mi inexperta mano, cubriéndome con cualquier prenda que tapase este atuendo para desfilar por el pasillo del albergue, más que nada para no incomodar a los demás habitantes.

Me dirigía a la sala donde aparecía la magia, donde sentí esa conexión con la parte instintiva que nunca muestro, donde los movimientos parece que surgen de la forma más natural de mis tripas, donde a pesar del disfraz he sentido que salía mi parte más autentica, sin miedo a ser juzgada, sin inhibiciones sociales, donde me he sentido cuidada, donde se producía el encantamiento del encuentro con otro ser desde su sexualidad, desde su sensualidad, desde el sentir y compartir las emociones.

Donde he sentido que mi cuerpo, mi mente y mi espíritu eran uno, donde se producía esa comunión maravillosa y difícil de experimentar en mi vida diaria.

Y vuelta a cambiar de ropa, había que comer, placer que se sumaba a bajarme de los tacones, después pequeña siesta para reponerme si era capaz de conciliar el sueño, pues las visitas, las charlas, las risas y el canto de opera debajo de la ventana de mi habitación me lo impedían, y no es una queja pues me encantaba, nunca me habían cantado opera a la hora de la siesta y eso es un lujo.

Acabado el pequeño descanso vuelta al martirio aceptado de los tacones, a compartir el mini lavabo, que la verdad estaba bien rentabilizado, pues mientras una se duchaba, otra vaciaba su vejiga y las otras dos buscábamos un sitio en el espejo para pintarnos, eso es aprovechar un espacio y lo demás son tonterías, ¡ah! Y con bromas y buen humor, bendita creatividad la que se forjaba en esa mínima estancia.

Acicalada de nuevo me volvía a introducir en ese mundo de fantasía, seguía experimentando y dejando salir a veces con dificultad mi parte más creativa.

Acabado el trabajo, volvía a la habitación a compartir el mini lavabo y cambiarme de nuevo la ropa, no es extrañar con tanto vestirse y desvestirse que mi compañera de forma casi compulsiva e inconsciente siempre se ponía las bragas al revés, para regocijo de todas las demás.

Y así me convertí en aprendiz de cabaretera de clausura pues mis únicas salidas del recinto eran para cenar, momento en el que descubrí que se puede cantar una saeta en ingles en medio de un chiringuito de playa, escenificando un paso de Semana Santa, con Cristo y Dolorosa incluidos, además de la “levantá”.

También aprendí que se puede hacer un reto de jotas, para lo cual es imprescindible subirse los pantalones lo más arriba posible y poner los brazos en jarra a la vez que se mece el cuerpo con movimientos laterales, y que de quien menos te lo esperas canta con voz de ángeles canciones de la copla, esos momentos tan especiales que compartí con mis compañeros me hacían viajar a un mundo de fantasía sin tener que soñarlo.

La jornada se clausuraba en un karaoke inglés, donde todas las canciones eran en el susodicho idioma, he de decir que la única canción en español se llamaba “el pimpollo”, desconocida para todos pero que se convirtió en el himno del taller, pues todas las noches era cantada con toda la pasión que podíamos, fue fácil pues la letra se limitaba a decir repetidamente “el pimpollo, el pimpollo, el pimpollo”, cosa que agradecimos pues el cansancio generalizado habría impedido el aprendizaje de una letra más complicada.

Y así a este ritmo frenético se desarrollaron todos los días del taller, trasnochar, madrugar, tacones y plumas, camiseta y vaqueros.

Tuvimos hasta una puesta en escena con público y todo y durante estos días me convertí en la matriarca de una familia de la mafia italiana, hablé un italiano churrigueresco y abrí negocios de drogas, prostitución y sicarios. Jamás en la vida me habría imaginado en estos avatares, pero la creatividad que allí se despierta no parece tener límites.

Disfruté con las actuaciones de mis compañeros, agradecida de que compartiesen todo lo que llevaban dentro, esa pulsión que solo sale cuando le das permiso y yo una humilde aprendiz de cabaretera era espectadora del milagro que allí sucedía.

Acabó el taller y las lianas del presente me envolvieron, había que retornar a mi quehacer diario, pero la contradicción que se producía entre mi mente que me decía que había que volver y mi alma que quería seguir presente en la magia cabaretera, no me resultaban cómodas. De todas formas mi cuerpo se quejaba con todas sus fuerzas y clamaba para que le prestase atención y así lo hice.

¿Cómo podía explicar a mi madre lo que allí había pasado?

Obvie todo eso y solo le he dicho “mama el cabaret es magia para el alma” y que “viva el pimpollo”.



Agradecimientos:

Siempre que se escribe un libro se hace una mención de agradecimientos, esto no pretende ser nada más que el relato de una experiencia pero si me gustaría agradecer a Peny su cuidado, a Hilde el haberse acordado de mí y mandarme el tríptico, a Amanda su relación alocada con las bragas que tanto me ha hecho reír, a Manuel el dejarme ser testigo de su creatividad, a Carmen su candor y su dulzura, a Teresa el compartir su ironía conmigo, a Nadia y a Pilar sus préstamos desinteresados de vestuarios, a Javier su sensualidad respetuosa, a los gurús por darnos las herramientas para conectar con la magia y a todos los compañeros de fatigas y tacones que tan estoicamente llevaban a cabo su transformación.

Gracias a todos por compartir esa alegría de vivir.



Amanda

Antonella Peperoni “La madrazza”

27 de Abril de 2011

3 comentarios:

  1. Si eliminamos el pimpollo y lo que para mí sería un calvario (estar todo el día subida a unos tacones), dan ganas de apuntarse el próximo año. Me alegro que te lo hayas pasado tan bien. Un besote so mafiosa!

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  2. Me parece a mí, que el taller cabaretero, no es más que una nueva aventura para tan inquieto espíritu. Saber que existen Marisas tan "payasas", "madres", "bailarinas", "escritoras", "libertarias", "valientes", "amigas" ... hacen que otros casi nos atrevamos a imitarla.
    Muchas gracias por ser "tan" y compartirlo con todos nosotros.

    P.D. Este año he hecho reformas debajo de la cúpula. Espero poder invitarte el próximo verano.

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