Sirio, el caballo mágico
Había una vez una familia que vivía a las afueras de la ciudad, en una casa con un precioso jardín que cuidaban con esmero, el padre se llamaba Ernesto y la madre Elena, tenían una hija que era su tesoro más preciado, su nombre era Penélope con la que compartían su amor por la naturaleza, les gustaba darse largos paseos por un bosque cercano.
Penélope no era feliz, siempre estaba enfadada y no sabía muy bien lo que le pasaba, la vida le parecía aburrida, no se sentía comprendida, siempre tenia que hacer lo que le mandaban, siempre la estaban regañando, no creía en la magia, no creía que todo era posible.
Tenía un caballo de color blanco que se llamaba Sirio como la estrella que más brilla en el firmamento, le puso ese nombre por como deslumbraba su pelo cuando le daba el sol, era un animal dócil y cariñoso y como Ernesto, el padre decía “hay veces que solo le falta hablar”. Este era su gran amigo, el único que la entendía, con el que compartía todos sus secretos, tenía conversaciones interminables pues le parecía que entendía todo lo que le contaba, la miraba fijamente con sus ojos grandes y expresivos y movía la cabeza con un gesto afirmativo.
Aquella mañana hacía un día espléndido, el sol empezaba a calentar dulcemente pues la primavera estaba intentando abrir sus semillas en la tierra, Ernesto y Penélope después de desayunar decidieron dar un paseo por el bosque, cogieron el camino de los álamos que estaba bordeado por un pequeño riachuelo, mientras caminaban iban hablando, “vaya rollo, siempre diciéndome lo que tengo que hacer” pensó Penélope.
Después de caminar durante mucho rato, subiendo la cuesta que llevaba a la cima de una pequeña montaña, llegaron a un llano y Ernesto se recostó sobre un árbol para descansar y en un pis-pas se quedó dormido, pero profundamente dormido, mientras tanto Penélope se aburría y siguió investigando la zona, encontró una fila de hormigas que parecía tener un destino común, la curiosidad la invadió, así que se dedico a seguirlas y ver donde las llevaba su caminata, después de un largo rato se aburrió de ellas, pues las hormigas seguían y seguían andando en su fila interminable, decidió dar la vuelta sobre sus pasos pero no reconocía el camino, anduvo y anduvo, hasta que se dio cuenta que estaba perdida, “papá, ¿donde estas?” gritaba con todas sus fuerzas, pero no recibía respuesta, siguió andando sin rumbo, “papá ¿Dónde estas?”, y seguía sin recibir respuesta.
Las lagrimas empezaron a aparecer, tenía miedo, no sabía donde estaba, no encontraba el camino de vuelta, ¿Qué podía hacer?, las lagrimas ya salían abiertamente de sus ojos y le impedían ver, no se dio cuenta que había unas ramas en la tierra, tropezó y cayó de bruces al suelo, ya no podía parar su llanto, lloraba y lloraba y de pronto al levantar la vista observó que al fondo de la arboleda había unas luces, algo que brillaba con mucha intensidad, se levantó como pudo y se dirigió hacia allí.
Sus ojos no podían dar crédito a lo que veían, era una ciudad maravillosa como nunca había contemplado, las casas eran de diferentes colores, rodeadas de todo tipo de flores, amarillas, naranjas, violetas…..y lo más extraño era que todas despedían un brillo dotado de una hermosura inigualable, además la habitaban seres de belleza excepcional, eran pequeños, de piel verde y brillaban como las flores que adornaban las casas, tenían alas irisadas que hacían que pudiesen desplazarse de un lado a otro volando, “que maravilla aquí todo brilla” dijo Penélope, y sin pensárselo dos veces dirigió sus pasos hacia la ciudad, no sentía miedo, toda aquella visión la atraía como un imán, “seguro que me pueden ayudar a volver a mi casa” pensó y tomó el camino que llevaba a la pequeña ciudad.
Conforme se iba acercando, los seres que la habían visto, revoloteaban a su alrededor, se dio cuenta que le estaban hablando pero no oía nada, gesticulaban, movían los brazos y la boca pero Penélope seguía sin oír, ¿Cómo me gustaría saber que dicen? de pronto una sombra en el cielo capto su atención, levantó su mirada y “OH, Dios mío es un dragón”, no podía creer lo que veían sus ojos, sí, era un dragón de color rojo intenso que volaba por el cielo con una especie de bolsa de color lila en su boca, de pronto se lanzó a un vuelo en picado que hizo que Penélope se tirase al suelo pensando que la iba a atacar, cuando el animal llegó a ella, soltó la bolsa que llevaba en la boca y un polvo dorado se esparció por encima del cuerpo de Penélope, se miró y …..”Estoy brillando” exclamó, su cuerpo había empezado a resplandecer como el de los seres que revoloteaban a su alrededor.
¿Cómo te llamas? ¿Qué haces aquí? ¿Quién te ha enseñado el camino?, todas esas preguntas escuchaba Penélope, podía oír, podía entender lo que le decían, “seguro que ha sido el polvo del dragón”
Decidida a ser educada, fue contestando a las preguntas
- Me llamo Penélope, me he perdido en el bosque, yo solo seguía a las hormigas
Y empezó a llorar de nuevo, uno de los seres, se acercó y le dijo “esas hormigas son unas bromistas, siempre hacen esa jugarreta con la gente que creen que se merece conocernos” “no te preocupes, te enseñaremos el camino a tu casa, pero ya que estas aquí ¿Qué te parece si te enseñamos este lugar?
- Me encantaría, respondió con entusiasmo, “me gustaría mucho”
Y así empezó su excursión por el mundo de la magia, pues estos seres no eran otra cosa que hadas del bosque, seres maravillosos y que solo contadas personas pueden ver, pasearon por las calles de la ciudad y se paraban en cada casa donde era invitada a probar los suculentos manjares que tenían preparados, nunca había probado comidas tan exquisitas, ni bebidas tan deliciosas, de las fuentes que había en las calles no manaba agua sino un néctar dulce que las hadas bebían continuamente y elaboraban con las flores que allí había, Penélope intentaba adivinar a que le sabía esa bebida, ¿será a plátano y mango o a fresas y manzana? Nunca había probado sabores parecidos.
Al final de una calle y coronada por arcos de flores se abría la entrada a un jardín donde todos estos maravillosos seres jugaban y cantaban, pues las hadas son muy alegres, juguetonas y bromistas, Penélope no se lo pensó y se unió a sus juegos, de pronto vio la cola de un caballo blanco, “caramba, como se parece a Sirio” y cual no fue su sorpresa cuando al acercarse, allí estaba, era Sirio, pero le había crecido un cuerno precioso en la frente y además tenía alas, se froto los ojos pues no daba crédito a lo que veía, “sí, sí , es Sirio” dijo en voz alta y el caballo al escuchar su voz se giro y con un trote suave fue a su encuentro.
- Hola Penélope
- Hola Sirio, ¿hablas”
- Sí, aquí, en este mundo puedo hablar
- Que maravilla
- ¿Quieres volar un rato en mi lomo? Propuso el caballo mágico que por cierto en este mundo le llaman unicornio
- Por supuesto que sí, me encantaría
Y subiéndose a su lomo iniciaron el vuelo por el cielo azul y brillante que coronaba la pequeña ciudad, a lo lejos vio al dragón rojo en cuyo lomo cabalgaba un hada verde que reía y reía al ver la cara de asombro de Penélope, y los dos juntos, unicornio y dragón hacían cabriolas en el aire para el deleite de sus dos amazonas.
Acabado el vuelo, Penélope pensó que era hora de volver a casa pues sus padres estarían preocupados y así se lo dijo a las hadas.
- Solo tienes que seguir a las hormigas, ellas te llevaran
Penélope se despidió de las hadas
- Si quieres volver otra vez solo tienes que seguir a las hormigas
Volvió a seguir el camino que le marcaba la fila interminable de hormigas bromistas y allí debajo del mismo árbol donde lo había dejado durmiendo, estaba su padre, y seguía igual que lo dejo, roncando a pierna suelta. Cuando lo vio no pudo contener su alegría y se tiro a sus brazos, Ernesto despertó sobresaltado.
- ¿Qué te pasa Penélope?
- Nada papá, que te quiero, y se fundió en un abrazo,
- Y yo también mi cielo, y aunque asombrado correspondió con un fuerte abrazo
Volvieron a casa donde Elena los esperaba, ¿Qué tal lo habéis pasado? “muy bien” contestaron al unísono, Penélope se sentía a gusto, notaba que la amaban, que allí estaba protegida, no los entendía muy bien ni se sentía plenamente comprendida, pero les quería y se sentía querida y eso le bastaba, a partir de entonces estuvo abierta a recibir todo el cariño que le diesen. Se asomó por la ventana y allí estaba Sirio tranquilamente pastando, de pronto giró la cabeza y le guiñó un ojo, “tengo un caballo mágico” pensó y solo ella sabía el porque, solo ella era consciente de la aventura del bosque de las hadas. Al mirarse vio que seguía brillando gracias a ese polvo del dragón rojo y eso fue por siempre jamás.
Y colorín colorado este cuento se ha acabado por ahora, pues estoy segura de que Penélope cuando sienta que deja de brillar seguirá a las hormigas bromistas e ira a hacer otra visita a ese mundo mágico que había conocido y volvería a pedir a su amigo el dragón rojo que le diese otra ducha de ese mágico polvo dorado.
Amanda.
jueves, 3 de junio de 2010
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